Hace ya algunos años se viene practicando en los diferentes niveles de nuestra sociedad española un ejercicio curioso: la revisión de nuestra historia reciente, más concretamente de ese periodo histórico que se ha dado en llamar “Transición”. Como todos los lectores saben, la #Transición es un periodo histórico que abarca desde la muerte del dictador Francisco Franco a la instauración de nuestra moderna democracia de partidos. Es un periodo crítico de la historia de nuestro país del que existe un relato tradicional que defiende que nuestra transición fue modélica.

Actualmente se duda de este relato tradicional. Las nuevas generaciones no creen en lo modélico de ese ejercicio de cambio de paradigma desde la dictadura a la democracia y se empeñan en señalar las grandes lagunas que tiene, según ellos, nuestra #Constitución.

No les culpo. Indudablemente, nuestra Carta Magna tiene importantes lagunas, como toda obra humana arrastra el problema de no ser creación de un dios omnipotente. Sin embargo, lo que no me parece de recibo es la extrema dureza y simplicidad de la que estos críticos se valen para realizar su ejercicio de crítica.

Toda democracia requiere de una actitud crítica en lo que respecta a las instituciones del Estado y cierto recelo frente a los relatos de nuestros mayores nunca viene mal. Lo que me resulta peligroso es sacar las cosas de contexto. Las cosas no ocurren porque sí, siempre hay causas, aunque muchas veces están ocultas, lo cierto es que nunca es uno sólo el factor determinante de un hecho. Los errores de nuestra transición no son una excepción a esto y es aquí en lo que se engañan los críticos: en señalar un único factor de esas lagunas.

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Siempre lo reducen todo a una causa: una voluntad de preservar los privilegios de una clase dominante que había hecho fortuna con el franquismo. No digo que esta interpretación no sea correcta, digo que es abiertamente insuficiente y reduccionista.

Debemos tener siempre presentes las dificultades que enfrentaron los padres de nuestra actual Constitución: un ejército en pie de guerra, temeroso de perder sus privilegios, una sociedad deficitaria de una verdadera cultura democrática de la que aún adolecemos, una desigualdad galopante, cierta ingenuidad fruto de la esperanza en un mundo mejor, falta de referentes y por encima de todo, la fragmentación de la opinión pública de ese tiempo. Todos estos factores, y muchos otros, contribuyeron a la creación de esas injusticias actuales, cuyas causas atribuimos sin más a que ciertas personas querían hacer un tipo de transición y no otra.

La crítica a la transición, repito, es necesaria, pero debemos ser minuciosos a la hora de realizarla. Es aquí donde los investigadores de la historia deben ser escuchados.

Importantes trabajos se están llevando a cabo en estos momentos referentes al tema que me ocupa. Tal vez deberíamos escuchar a los expertos de verdad y no prestar tantos oídos a lo que dicen algunos de nuestros políticos, empeñados en obtener redito electoral de un revisionismo histórico preocupante y muy poco consistente a nivel intelectual.