Con el albor del nuevo día, millones de seres inician su rutinario periplo. En un pueblito de los Balcanes, alguien acude a ordeñar al animal que le permitirá el sustento diario. En Laponia los pastores adunan sus rebaños sin percatarse de si realmente se trata de un largo día o de una interminable noche. En el Circulo Polar Ártico, una anciana esquimal, sentada sobre un témpano va serena a la deriva del ocaso de su vida. En Canadá un guardabosque escruta desde su torreta la infinidad verde que le fue confiada.

Se reúnen unos preclaros líderes, representando unos pueblos a los cuales diariamente deben convencer de que solamente bajo sus infalibles directrices podrán ser felices algún día.

Hubo necesidad de alcanzar el Siglo XXI para que finalmente alguien, poseedor de quien sabe que mágico talento, por fin esté dispuesto a sacrificarse para que toda la confusa humanidad, entienda al fin que el camino previamente recorrido fue solamente una distracción, propiciada por nefastos conductores, con fines inconfesables y perversos paladines que nos hicieron creer en gestas que perseguían el sometimiento, la esclavitud y la aniquilación de quien impidiera el desarrollo de una clase superior. Tuve que vivir una ya larga existencia para que finalmente un intelecto superior me aclarara que Cristóbal Colón, lejos de ser un navegante audaz, apenas fue un siniestro magnicida, solamente comparable con el ilustre adalid de la maldad, Adolfo Hitler. Afortunadamente en los libros de historia, propiciados por las mentes esclarecidas de quienes supieron rasgar el velo abominable de la ignorancia que nos envolvió durante siglos, mis nietos aprenderán las verdades que a mi generación les fueron vedadas.

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Ironías aparte, pido disculpas por haberme distraído del planteamiento. Honduras, porción de tierra americana, producto del mestizaje que amalgamó este continente. Unas circunstancias lamentables, concatenadas con decisiones erradas, probablemente inducidas por detonantes ideológicos, llevaron a una situación deplorable. Conflicto fratricida y conclusiones indeseables. Pero ahora, como si fuera poco complicado lo que los hondureños están obligados a padecer, toda la cohorte de los que sí saben cuales son sus problemas y por ende poseen las soluciones, se reunieron para decidir de que manera castigarán a una gran mayoría de ciudadanos que, como los que habitan en el primer párrafo de esta nota, deben enfrentar diariamente la ardua faena de la sobrevivencia.

“Nadie ejerza ningún comercio con este país”. “Ni una gota de petróleo para los apátridas”. “Solamente si Zelaya vuelve, serán dignos de consideración continental”. “Golpistas, apátridas, gorilas, criminales, enviémosle nuestros soldados que sí son impolutos defensores de la democracia”.

“Nuestra armas son instrumento sacro para la revolución indetenible”.

Palabras más, palabras menos, estos son los conceptos, espetados a los inermes inocentes, que son la mayoría silente, su futuro dependerá de quien pueda vociferar más alto y obtenga más adhesiones a sus doctos planteamientos. Seguimos divididos entres Montescos y Capuletos. La diferencia estriba en que la Verona medioeval respiraba y propiciaba Arte. En esta hora oscura nos obligan a ingerir putrefactas ideologías y la única música que acompaña el patético sainete es la producida por botas militares. ¿Alguien puede explicar cómo aun no nos hemos extinto?