Ha sido una noche dura, larga, larguísima. Estuve siguiendo el escrutinio por Internet, por TV3, que hizo un buen seguimiento. A medida que los estados clave se ponían en color rojo, me entraba más y más angustia. Se alivió un poco la cosa con la victoria de Hillary en Virginia, que paró la sangría, pero desde que Florida se decantaba por pocos votos por el pato Donald (así tendremos que llamarle coloquialmente), ya se confirmaba la hecatombe.

La extrema derecha ha celebrado el resultado. Lo más insólito es que Israel le ha felicitado como “el verdadero amigo de Israel”, obviando que sus asesores insultaron la memoria del Holocausto en más de una ocasión.

No citaremos lo de los Le Pen, Putin, Farage, Geer Wilders (el facha holandés) y otros, por demasiado obvios y cayendo en la adulación rastrera, disfrazada patéticamente de una especie de devoción de Semana Santa.

Una cosa es lo de que el pueblo llano americano estaba hasta los mismísimos de la dejadez de las élites hacía la América profunda, y lo entiendo, pero elegir a semejante botarate es de mentes infantiles, además de machistas. Y más los latinos y latinas, cuyo papelón ha sido de vergüenza ajena. Cada vez que veía a las mujeres apoyándole, las Women For Trump, me recordaban a las que practican el oficio más viejo del mundo, y no es broma. Y lo mismo los latinos, a los cuales Trump usará como kleenex mientras le sirvan.

Espero que México reaccione como hace alguien con sentido común y rompa ahora mismo las relaciones diplomáticas con EE.UU., igual que hicieron sin dudarlo con la España franquista. Trump ha sido grosero y repugnante con el país de Cantinflas. No me extraña que anoche, la página web de cómo emigrar al Canadá se colapsó, debido a los millones de estadounidenses que quieren irse a vivir allí, que no quieren participar del circo en que se convertirá EE.UU.

Mis amistades en la Red no daban crédito.

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Una francesa decía: “Sabía que los americanos estaban locos, pero ahora han caído de lleno en la gilipollez”. Una mexicana dice que no va a EE.UU. desde el 2001, donde la quitaron cosas en la Aduana, y no siente ninguna necesidad de ir allí. Los califica de “país miserable”, entre otros adjetivos.

Además, Trump es el nuevo Berlusconi, aunque sin cadenas de televisión propias, y que, a diferencia del italiano, sus bailarinas de bunga-bunga van de decentes, de madres de familia o de novias felices con un presunto príncipe azul que desteñirá cuando llueva. Muchos creen que su famosa promesa del muro con México es irrealizable. Y lo es. Los más de 3.000 kms., casi tantos como los de la Gran Muralla China, exigirían años y años de construcción, y puede que para cuando se acabe, el ídolo se haya caído de su pedestal.

Pues bien, felicidades, que lo disfruten y ojalá se les atragante cuando empiece a cometer sus extravagancias, incluidas las que se parecen a las que hacía Berlusconi, y les avergüence.

Podría decir que podrían hacer lo mismo que dijo Pepe Rubianes de la España negra, es decir, meterse a su país por su parte posterior y a ver si les explota dentro, pero sería demasiado obvio.