Todos hemos oído, proferido, pensado o incluso recibido esta pregunta en alguna ocasión. Quién no tiene la imagen de un tipo con un cigarro y una cerveza, melena elegantemente descuidada, gabardina negra y la frase "No, yo es que estudio filosofía", y quién no la desdeña con cierta condescendencia.

El estudiante de filosofía es el tío descarriado, el primo músico, el amigo artista. Pero la realidad es que todo desafortunado que se plantea estudiar filosofía, una vez se mira al espejo y ni gabardina ni nada, se da cuenta de que no tiene la menor idea de qué se hace en esa facultad. ¿Son tertulianos fumando y tomando café con rictus de hastío espiritual crónico? ¿Son energúmenos tirando latas en las manifestaciones? ¿Son emos que van a las discotecas a sentarse en una esquina y pensar? ¿Se muerden todos las uñas? ¿Son unos tipos disfrazados de griegos con carros llenos de libros?

Digamos que la filosofía tiene un poco de todo ello; su origen es, por dios, "amor a la sabiduría".

No nos podía deparar nada nuevo, somos intensos por naturaleza. Pero, detrás de todo esto, sí hay algo de verdad; sí es real que aquellos que deciden estudiarla tienen que amarla, y eso no ha variado un ápice en sus casi tres mil años de historia conocida. Todo filósofo tiene algo de aquel Tales de Mileto, que por primera vez se hizo la pergunta; oigan, ¿y si empezamos a pensar?

Esa pregunta sigue siendo el corazón de la filosofía, a pesar de todos los trajes, de todos los nombres, de todos los "-ismo" que hayan ido dando cuerpo a su más que prolija historia. Y por eso mismo, hoy en día, la filosofía tiene un problema; ahora lo que importan no son las preguntas, sino la respuesta generalizada: "tío, no te rayes". Lo más peligroso de esto es cuando esta respuesta ha sido puesta en boca de la sociedad en general, cuando esta tendencia no surge de un deseo común sino de una partitura que ahora todos cantamos a coro.

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Carpe diem, y demás. ¿Pensamiento, señor? Lo siento, se nos ha caducado el último. Pero, ¿ha visto nuestra carta de vinos? 

Por esta misma razón me parece destacable cómo este curso 2016-2017, ha habido una revulsión por parte de los estudiantes; ha sido el año con más matriculados en el grado de Filosofía en la Universidad Complutense de Madrid, a pesar (o precisamente gracias a) del comunicado oficial que se emitió a mediados de junio, en el que se recogían diversas reformas en el ámbito universitario entre las cuales se incluía la disolución de esta carrera en la de Filología. Y esto ha sido lo de menos; la facultad se ha llenado de pancartas, ha habido desde entonces numerosas manifestaciones, e incluso el pasado jueves 20 de octubre las asociaciones de estudiantes de la facultad convocaron un encierro en la misma; más de cien personas pasaron allí la noche, contándose incluso con la presencia de personal docente.

Y sin embargo, los pocos periódicos que hicieron referencia a ello lo atribuyeron a las fuerzas políticas de Pablo Iglesias, para desviar las atenciones, para mantener a la Filosofía en su lugar en la alacena.

Pero la realidad es que eran estudiantes y profesores, personas luchando por la permanencia de una facultad que no sólo es histórica en sí misma, sino que es un punto neurálgico para las mentes y los jóvenes, es uno de los muy escasos corazones que aún laten en un mundo cuyo mejor halago es "te voy a seguir en instagram".