La reciprocidad entre fantasía y ficción es algo que quizás se fundamenta en la naturaleza perceptiva del cerebro. Hasta siendo prueba de ello la misma existencia de los sueños, la verdad de la imaginación humana está presente. La verdad subjetiva, de carácter profundamente creativo e ideador, es muchas veces un faro suficiente para dirigir la voluntad hacia un objetivo inexistente. De ahí la faceta renovadora de la Creación.

Sin embargo, no hay que olvidar que estamos inmersos en un mundo dominado por las imágenes artificiales. Cada vez más, la creación de imágenes depende de grandes empresas, estilos globalizados, grandes medios de comunicación y técnicas inalcanzables para la mayoría de los individuos.

La implantación de sueños visuales por inundación unifica la cultura y deja de lado la posibilidad liberadora y profundamente humana de la creación propia, personal.

Los medios más a nuestro alcance, por más austeros más personales y propios, y por ende más libres, son los más sencillos. Los que más se aproximen a la inmediatez de la imaginación y del propio cuerpo. Los que más permitan crear una música invisible con el propio ser como único instrumento. Pero sin caer en la trampa de esclavizarse en las técnicas.

Acudir a los medios electrónicos y a los sueños prefabricados nos unen a la cultura de masas, pero el dibujo, la pintura, la música y en definitiva, la escritura, son los procedimientos más puros para reencontrar nuestra propia faceta humana. El riesgo de esta clase de aficiones es la creación de un universo demasiado propio, demasiado hecho de elementos difíciles de comunicar y de ahí, a la verdadera incomunicación.

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Lo único que puede salvar ese escollo es la difusión y la identificación de la obra como un mensaje a largo plazo que ocupe una posición reconocible en la sociedad que lo recibe, aún a costa de ser convertido en algo distinto de lo que fue.

Ésta es la labor de las artes creativas hoy. Es la última línea de defensa del individuo que quiere materializar su propuesta imaginaria frente a la vorágine de lo masivo, general y unánime. ¿Tiene sentido todo ésto para el lector de éstas líneas?