Que un personaje tan paternalista como Donald #Trump logre la presidencia de los Estados Unidos cuyo símbolo emblemático es la Estatua de la Libertad, no deja de ser una paradoja difícil de asimilar.

De hecho, una vez conocida la decisión de los americanos, los internautas no dudaron en que La libertad iluminando el mundo -nombre completo y oficial del monumento-, era el objeto adecuado con el que burlarse del nuevo marco político/económico que les viene encima.

Al margen de las ideas sociales por las que aboga el empresario multimillonario convertido en presidente de la nación más fuerte del mundo, sus políticas económicas tampoco es que hagan demasiada gracia a los americanos en particular y al resto de países del planeta en general.

Como si de un mecenas se tratara, Donald Trump pretende romper con el librecambismo. Un tipo de política económica que resulta de la libre competencia entre empresas -sin intervención estatal- a nivel global que produce la rivalidad entre precios y, por tanto, un mayor abanico de posibilidades de compra para los consumidores. Al contrario de ello, su sentido paternal, hermético y protector brota en sus políticas proteccionistas, atacando en primer lugar a los tratados de libre comercio como el TTIP (Transatlantic Trade and Investment Partnership, por sus siglas en inglés) entre Estados Unidas y la Unión Europea.

En este sentido, el nuevo miembro del despacho oval secunda una #Economía totalmente cerrada, sin ningún tipo de contacto externo o minimizado con aranceles. Es decir, la propia economía produciría todo lo que necesita (afirmación cuestionable debido a las limitadas capacidades de producción de cada país) sin necesidad de gestar contactos comerciales exteriores.

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Un ejemplo relativamente aledaño de cómo funciona este tipo de políticas es la economía autocrática de autoabastecimiento impuesta por Franco en España entre 1939 y 1959.

Trump defiende esta forma contraria de mercado a la que los americanos están acostumbrados con razones como que el proteccionismo de la industria nacional logrará la creación de miles de puestos de trabajo y se fomentará la industrialización, o que se debe proteger a las industrias estratégicas y desarrollar las emergentes, aspectos que, a su mirar, no son posibles en una economía de libre cambio. Un nuevo paisaje al que veremos si los americanos tendrán que aclimatarse y que para el propio inquilino de la White House sería un éxito sin parangón.

Sin embargo, las trabas a la libre competencia van acompañadas de otros problemas quizá mucho más importantes. Además de transformar a los Estados Unidos en un país no competente con el exterior, formándose así la tormenta perfecta para imponerse una autarquía, el ‘monstruo’ de la inflación también comienza a acechar la economía americana para hacer su aparición estelar.

En este sentido, según una reciente encuesta de gestores de fondo de Bank of America Merrill Lynch (BofAML) tras la victoria de Donald Trump, las expectativas de inflación se disparaban a máximos de doce años. Hasta un 85% de los encuestados apuestan por un repunte de la inflación, siendo el dato más alto desde junio de 2004.

Los incentivos sobre el comercio internacional no deberían mermarse y mucho menos en un país caracterizado por ser altamente competitivo, como lo ha sido, hasta ahora, Estados Unidos. Poder tener acceso a bienes y servicios de mayor calidad o por un precio mejor, esté donde esté el consumidor y venga de donde venga el producto, es deseable para cualquiera. Es, además, el resultado de la globalización y contrario a cualquier proteccionismo a ultranza que condicione y dificulte las producciones verdaderamente competitivas y meritorias. #WhiteHouse