En mayo les anuncié a mis padres la maravillosa noticia de que este año estudiaría un máster.

Meses atrás, mi madre había medio bromeado con la idea de que "el año que viene ya no tendremos que pagarte nada más". Digo medio bromeando porque muy sutilmente sus palabras gritaban: búscate las habichuelas.

Pero no encontré habichuelas ni encontré legumbres de ningún tipo.

Este año mis padres vuelven a ayudarme a estudiar, a pagar una Educación que es demasiado cara para el bolsillo del español medio y que muy a menudo significa marcharte de casa. Sobre todo en mi caso: si vives en un pueblo de catorce mil habitantes y la universidad más cercana está apenas empezando a nacer.

Después de haber vivido cinco años en Granada, una ciudad que me costó conocer, que me costó aceptar y me costó querer, tenía que dejarla. Y es que tras una relación más o menos inestable con compañeros de universidad, que van a cuchillo buscando tus puntos débiles en sus ratos libres y algún que otro desengaño amoroso con la secretaría y administración de la universidad, llegué a conocer Granada, a aceptar la ciudad y a quererla.

Y es que es imposible no caer perdidamente enamorado de aquella preciosa ciudad bohemia.

Después de haberme hecho un hogar, un hueco en Granada y sentir esa ciudad como mía, tenía que mudarme.

Acepté ese pequeño cambio. Había pensado cambiar de aires, a la costa quizás. Pero fui a caer al horno de España: Sevilla.

Y es que desde el primer día no nos llevamos bien.

Vídeos destacados del día

En el mes de julio me dejé caer por la ciudad para buscar piso y tan solo recuerdo el sofocante calor y el horrible hedor a excremento de caballo no me dejaban ni pensar.

Había dejado a mi Granada por llegar a una ciudad que no me gustaba. Y no me gustaba porque estaba enamorada de Granada con esa clase de amor que jamás desaparece.

No me gustaba Sevilla porque había llegado a estudiar. A retomar los estudios que parecía nunca había dejado.

Desde pequeña tuve muy claro que mi vida sería: colegio, instituto y universidad. Había nacido con la idea y no creía que pudiese haber otras opciones. Porque las hay.

Y en el momento que firmé la documentación pertinente para el máster, me pregunté si alguna vez dejaría de estudiar. Si llegaría ese momento en la vida en que dejaría de hacer mudanzas forzosas, de comenzar nuevas vidas, de aceptar y llegar a querer ciudades.

Me sentí cansada, defraudada conmigo misma. A mis veinticuatro años ya debería estar trabajando, buscándome las habichuelas y viajando por el mundo en busca de aventuras.

Mis sueños desde pequeña se esfumaban y no podía hacer nada por evitarlo.

Pero en Sevilla me esperaba todos los días una de mis mejores amigas en casa y en el máster, me esperaba un sol que después de tres insufribles semanas dejó de hervir la sangre y se dedicaba a calentar levemente sobre el frío que llegaba con el otoño. Otra de mis mejores amigas llegó pronto mudándose también a regañadientes y Sevilla tenía paseos interminables por el río, el centro histórico y la posibilidad de trabajar.

Resulta que empiezo a aceptar a Sevilla, conocerla y casi quererla. Empiezo a buscarme las habichuelas y es que aunque mis padres tengan que continuar ayudándome a seguir adelante y no morir de hambre, puedo empezar a pagar algunas facturas con pequeños trabajos que encuentro casi por casualidad.

Resulta que no todo es volver a estudiar y que, si todo va bien, en junio me despediré por fin de la enseñanza como alumna y podré empezar a viajar por el mundo en busca de aventuras.