Los españoles somos injustos con nuestros políticos. Les acusamos de tener discursos vacíos, olvidando que en casi todas sus comparecencias indican que están dispuestos a hacer lo que más convenga a su empresa, es decir, a su partido político y también lo que sea mejor para España. Llegando algunos incluso a reconocer que están dispuestos a invertir ese orden. No hay un solo político que asegur estar dispuesto a hacer algo que vaya en contra de su empresa o del país, la comunidad o la ciudad.

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A veces, nuestra injusticia nos lleva a querer que los políticos digan qué van a hacer en la relación de España con el club europeo que dispone de gran parte de nuestra soberanía, sobre todo actualmente, cuando las medidas que ese club está tomando ahora para todos los socios, no benefician especialmente a España; o cuál es su idea del joven sistema autonómico que tanto conflicto social y legal conlleva; o temas menores como el paro, probablemente estructural, que afecta a millones de ciudadanos españoles; o la corrupción, herencia de Franco, aceptada por todos los demócratas, que engorda bolsillos y permite hacer campañas disparando con pólvora de los ciudadanos o del rey; o las extrañas casualidades que se producen entre sentencias y acusaciones y  partidos políticos; o la obscena influencia en ciertos medios de comunicación…

Maldita injusticia de los ciudadanos incapaces de contentarse con los discursos vacíos de nuestros políticos.

Para los ciudadanos parece insuficiente que los políticos aseguren que cumplirán y harán cumplir la ley; o que todo lo que hacen es por España y por los españoles; o que se van a dejar la piel por llegar a un acuerdo; o que ellos sí saben lo que quieren los votantes; o que conocen las medidas que le vendrán mejor al país.

Pues los ciudadanos, de natural injusto, despliegan su dureza contra las políticos afirmando cosas como, faltaría más que los políticos no cumplieran o no se preocuparan por hacer cumplir la ley; o estaría gracioso que trabajaran en contra de España o de los españoles; o que no acuerdan nada y su piel queda intacta; o que afirmar que saben lo que quieren los votantes es una chorrada sin fundamento alguno…

De cualquier manera, los políticos pueden estar tranquilos, por más que los ciudadanos los vean como unos estafadores repletos de soberbia, seguirán cumpliendo con su obligación democrática y les volverán a votar en las próximas y en las siguientes elecciones.

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Lo que pone de manifiesto otra injusticia que parece que no queremos ver, los ciudadanos pueden elegir a los políticos, mientras que estos, los pobres, no pueden elegir a los ciudadanos y luego pasan cosas como las que estamos viendo, los ciudadanos votan mal.