Como todos los derechos, el de hacer huelga es uno más. Legítimo, legal y coherente. Se habla de un primer hito en el antiguo Egipto por el año 1166 a.C., cuando a causa de una mala gestión y corrupción en el gobierno (¡sí, ya en el antiguo Egipto!) los encargados de construir la tumba del faraón podemos decir que ejercieron este derecho por primera vez en la historia. El retraso de algunas semanas en el pago los condujo al templo que hacía de almacén de las cosechas y exigieron que se les pagara lo que se les debía. Recibieron su sustento sin problemas, al menos para ellos no más de los que habían tenido previamente.                                  

Aunque las Huelgas no se inventan con la Revolución Industrial, es cierto que sí es en este período cuando se popularizan y el concepto que llega a nosotros hoy día es heredero de aquel.

La idea de grupo cohesionado, gremio, es indispensable para su sola existencia. El sentimiento de injusticia común es lo que impulsa a ponerse frente a ella en conjunto. En el siglo XIX con el avance de la técnica y la consolidación de un modelo capitalista burgués, el acto de rebeldía que supone la huelga media entre los trabajadores y los propietarios de la maquinaria. El buen burgués que posee los medios de trabajo no obtiene beneficio sin la mano de obra que son los trabajadores, por eso proclamar el paro en las máquinas supone atacar desde el núcleo al propio sistema capitalista que explota por el incumplimiento de los pagos o no reconociendo los derechos de los trabajadores. De esta forma, los sindicatos de trabajadores surgen como los grupos organizados que buscan defender los derechos de la clase trabajadora.

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Hasta aquí todo tiene sentido según una lógica en la línea de Marx y Engels: si yo trabajador soy explotado y por ende no se reconocen mis derechos como ciudadano en un sistema igualitario, boicoteo los intereses de aquel que me explota, véase el burgués capitalista que posee los medios de producción, y debido al paro de los medios que producen sus ganancias y por consiguiente las ganancias bajan, el orden deja de funcionar y existe una presión real y efectiva sobre los intereses de aquellos que ejercen la explotación.

Ahora bien, yo estudiante que he pagado al principio de curso en la universidad o bien mis padres con sus impuestos la enseñanza estatal, renuncio a acudir a mis clases como protesta a una nueva ley de Educación ¿qué punto del sistema estoy atacando? Los estudiantes no somos trabajadores de la época decimonónica cuya fuerza de producción es esencial para el buen funcionamiento del estado. De hecho, no somos siquiera trabajadores de nuestro tiempo. Como ciudadanos libres, tenemos el derecho a protestar y denunciar con criterio y argumentos el sinsentido de ciertas formas que se suponen mejoras de una educación.

Pero ¿creernos la reencarnación del magnífico Chaplin en Tiempos Modernos?

Quizá como vivimos en la época de lo retro se puede entender la huelga estudiantil como otra versión del pasado ¿por qué no si la moda es vintage?