Durante buena parte de este verano el burkini ha sido tema de debate en numerosos medios de comunicación. La conocida prenda musulmana nunca antes había cobrado tanto protagonismo como en estos últimos meses estivales. Curiosamente, no debido al auge de su uso, sino a la prohibición del mismo que se ha realizado en determinados puntos de la costa francesa. Cerca de 30 ayuntamientos conservadores dictaban que el burkini suponía un riesgo a la seguridad ciudadana y que, por precaución, era mejor evitar su empleo en suelo público.

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Desde entonces la polémica está servida y ha despertado numerosos debates a favor y en contra de esta legislación francesa, girando en torno a dos vértices: feminismo y cuestiones de raza, culturales y religiosas.

Bajo mi punto de vista, ha sido un complejo despropósito prohibir el uso del burkini. Creo que el Estado francés, como democracia avanzada y de progreso que apunta a ser, no puede caer en decisiones tan xenófobas y machistas como las descritas líneas más arriba.

Es xenófoba, o apurando más, islamófoba porque la decisión recae exclusivamente sobre el colectivo musulmán y no, por ejemplo, sobre aquellas personas que libremente se bañan con trajes de neopreno, a pesar de que también cubren la práctica totalidad del cuerpo humano. Y es machista porque únicamente atañe a las mujeres y no a los hombres que, aunque no se diga, por defensa del Islam también llevan ropajes que cubren sus cuerpos hasta los tobillos.

Esta legislación obvia que en cualquier Estado democrático lo primero que debe respetarse es la diversidad cultural y la libertad religiosa, por muy laica que pretenda ser Francia.

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La laicidad impide que se entremezclen cuestiones de índole religiosa con cuestiones de índole gubernamental y, si así fuere, la supremacía caería del lado de la ley, pero en ningún caso puede prohibir la creencia religiosa en el ámbito privado. De hecho, es a ese reducto al que se llevan las religiones, pero no a su total prohibición. Por tanto, ampararse en cuestiones laicas no es un argumento que se sostenga para defender la prohibición del burkini.

No hay que olvidar, como comentaba al principio, el componente machista que tiene esta prohibición. Se argumenta que el burkini oprime a la mujer y que evitando su uso se está defendiendo la liberación de la mujer. De la mujer, claro, porque de los hombres no se puede legislar ya que son ellos mismos lo que en mayoría ejecutan estas decisiones. El objetivo es centrarse solo en la mujer para no perder las viejas costumbres y los tradicionales privilegios,

Y es que, desde antaño, siempre se ha querido dirigir las decisiones personales del sexo femenino, ya fuera para que lleven menos o más ropa, pero sus cuerpos siempre han sido el objeto sobre el que decidir cómo vestirlos, según las preferencias masculinas.

Hace unas décadas no se permitía llevar escotes o faldas por encima de las rodillas y ahora, en cambio, ocurre todo lo contrario. ¿Tan difícil es tener en consideración la opinión de las que van a sufrir las medidas?