Uno de los mitos más extendidos en nuestra #Sociedad es el de la naturaleza como edén perdido. Parece como si todo lo que fuera natural, por oposición a lo artificial, fuera bueno sin paliativos. Desde anuncios de vacaciones en paraísos naturales con bosques de belleza exuberante, hasta productos que en su envase proclaman ser 100% naturales como argumento suficiente para confiar también al 100% en los beneficios que nos podrían reportar. Medicina natural, remedios naturales, alimentos naturales y ecológicos, vida natural...etc.

Está claro que la vida en las ciudades está marcada por el estrés, por las obligaciones, por la artificialidad y por la desnaturalización de las relaciones humanas.

En mayor o menor medida, todos nos vemos afectados por estas características de la vida citadina y de la cultura urbana. El dinero, la ambición, los horarios, las obligaciones y la competitividad campan a sus anchas en un sistema como el que hoy en día impera. Lucha de todos contra todos por un trozo de pan. Una carrera de ratas cotidiana.

Ante esta situación, las vías de escape que se presentan como la solución a ese mal vienen también del mundo de los servicios. Vacaciones y productos más o menos milagrosos. La naturaleza se convierte en un modelo de fotografía, narcisista y al servicio de los intereses del pagador que encargó su puesta en escena. Un producto más para ser vendido. Y como tal, deja de ser también la que era. Se convierte en una idealización y en una falsedad.

No hace falta entrar en este artículo en los detalles negativos de la naturaleza pura.

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Las enfermedades producidas por virus y bacterias, son parte de la naturaleza. Los accidentes, la muerte prematura, el dolor, la crueldad del fuerte sobre el débil y la lucha por la supervivencia también forman parte de la naturaleza. Su belleza es complementaria a estos terribles defectos suyos. Como hijos de la naturaleza que somos, es comprensible que llegara un día que nos organizáramos en ciudades para protegernos de las inclemencias de la vida natural auténtica. Aquella que te hace echar de menos un entorno civilizado.

De lo que se huye es de otra cosa. No es de las comodidades. Se huye de los problemas de la civilización. En lugar de plantear soluciones reales, sociales y prácticas a esos problemas. Se venden pequeñas panaceas individuales que no sirven para atajar el problema. Sirven para que los gurús de turno y los oportunistas hagan su agosto a costa del dolor ajeno.

¿La solución a la contaminación y la toxicidad de muchos procesos industriales es volver al molino, el yugo y el buey?¿O es más bien ver que la raíz del problema es el sistema económico? Como muestra un botón: la necesidad de producir cada vez mayores beneficios a costa de lo que sea, es lo que impide que se apliquen las soluciones tecnológicas limpias y eficaces que podrían servir para reducir la contaminación.

¿La solución al problema del estrés y la explotación laboral es abandonar las oficinas y volver al campo? O es más bien luchar por un sistema social justo, de verdad, que asegure el empleo a todo el mundo en unas condiciones dignas y con el número de horas necesario para vivir una vida plena. La necesidad de ganar dinero de las grandes empresas, impuesta una vez más por las reglas del sistema, lleva a usar a las personas como medios para ese plan de enriquecimiento de unos pocos, en lugar de como fines en sí mismos: personas que valen más que el dinero que consumen o producen. Pero cambiar esto, sí que chocaría con un muro. Ahí sí que habría conflicto.

Siempre podemos deleitarnos con un edén olvidado. Así no se molesta a nadie. Y nos apagamos lentamente en nuestros sueños de evasión. #Opinión #Capitalismo