En el partido de la inercia, entendida como estado de reposo, el #miedo es probablemente el miembro con más autoridad. El más acérrimo defensor de la falta de cambio, de los vicios de la quietud. Pese al dominio absoluto de su amplio radio de acción, casi siempre manifiesta sus opiniones a través de sus portavoces más habituales. El conformismo, la imposición de límites o la supuesta responsabilidad son algunos de estos fieles compinches.

En España, la doctrina del miedo se ha instaurado en la manera en la que el sujeto se enfrenta a la realidad, incluso entre los jóvenes. Salir de la zona de confort provoca pánico. El tener que abandonar la ciudad o el país en el que uno se ha criado para ganarse la vida supone para muchos una barrera infranqueable.

Mejor me aferro a la autocompasión por mi triste realidad en mi ciudad, con mi trabajo y mi desasosiego sedado e inhibido, no vaya a ser que tenga que adaptarme a un entorno distinto para realizarme.  

No es de extrañar que el miedo tenga instalado un cuartel permanente también en la política. Desde aquí y desde los medios de comunicación se han estigmatizado de manera brutal las alternativas a las viejas y decrépitas glorias del escenario político. El problema no es que se critiquen las nuevas propuestas, faltaría más. Lo mezquino es la complicidad inequívoca con un régimen basado en la corrupción, el clientelismo y la mediocridad más absoluta. El miedo ha sido la bandera que se ha izado en más ocasiones para espantar los asaltantes del sistema constitucional democrático y demás palabrerío que suele usarse sistemáticamente en cada discurso oficial.

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Lo que está ocurriendo es una defensa abierta del pacto entre los representantes políticos de la gangrena, de la delincuencia disfrazada de desliz.

Esta defensa del antiguo régimen por parte de los medios de comunicación se torna en algo grotesco y surrealista cuando aparecen casos de corrupción, que casualmente salpican siempre a los autodenominados partidos serios y responsables.

Tomemos como ejemplo los medios impresos. Hay un proceso demencial mediante el cual la prensa consigue, al mismo tiempo, acusar a un partido de haber cometido repetidos e imperdonables delitos y suplicar que le dejen gobernar para salvar la nación. La apelación al sentimiento de indignación coincide con la petición del perdón, redención y premiación del culpable. En esta película, que por su surrealismo podría estar firmada perfectamente por Buñuel, hay dos entidades protagonistas.Los azules viven incrédulos ante la persecución judicial, como si fueran Josef K. en El Proceso de Kafka, aunque son más bien Tony Soprano.

Los rojos, como nadie les hacía caso y se han convertido en un partido con fecha de caducidad, juegan a Caín y Abel. Lástima que Caín, además de asesino, resultó ser otro emisario del miedo.

 Los portavoces autodenominados responsabilidad, seriedad, deber hacia la nación y demás miembros habituales del partido de la inercia repiten sus dogmas una y otra vez, con el apoyo incondicional de unos medios de comunicación envenenados por sus intereses. Quizá la única manera de demostrar disconformidad sería actuar como los ciudadanos de Ensayo sobre la lucidez de Saramago. Así, abrumados por el bochorno y el peso de una verdad ineludible, y captando el hedor de su muerte política, se retirarían cabizbajos hacia su cementerio de elefantes, en el que desprenderse de su cinismo, su fingida e inexistente retórica, su diccionario de eufemismos, y dejarse caer, al fin desnudos, mostrando sus vísceras nauseabundas e infectas, en su tumba de vergüenza histórica. #actualidad española #Elecciones