Ha saltado la polémica de nuevo, como hace 6 años, pero a la inversa: durante muchas horas hubo el rumor de que el Tribunal Constitucional había tumbado la prohibición de las corridas de toros en Cataluña. Luego se supo que no era cierto… por ahora.

El TC, sabiendo que lo que tiene que decidir no es fácil, ni siquiera para los fanáticos de la que ellos denominan Fiesta Nacional, pospone la decisión. Pero es sobre algo de lo que ellos demuestran una total falta de visión de mundo.

El interés por las corridas de toros en Cataluña había ido disminuyendo rápidamente, por sí mismo. Lo veían como algo antiguo, de otra época, ajeno a los gustos actuales de los catalanes.

Una cosa es los correbous, que no acaban igual que en las corridas, pese a que este cronista tampoco es nada aficionado a ellos. La industria catalana en este tema es todavía demasiado fuerte, sobre todo en las zonas rurales, aunque también empieza a haber contestaciones en contra.

Pero las corridas de toros, por mucho que se empeñen el Gobierno Rajoy y los sectores taurinos, ya no atrae tanta admiración desde el extranjero. Cuando la prohibición se consumó, todo fueron elogios desde fuera al Parlamento catalán.

Los toreros ya no son aquellos héroes depositarios de la auténtica masculinidad. Les pasa como a los gladiadores romanos, o a los caballeros medievales que participaban en torneos. Una cosa es que Hemingway hablara muy bien de las corridas; lógico, eran los gustos de su tiempo, igual que Petronio describía de aquella manera las costumbres de los romanos.

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Desde Madrid, se insiste obsesivamente que todo este desinterés es “culpa del totalitarismo separatista”, y no es así. Cataluña tiene sus costumbres, diferentes a las de Madrid o Soria, y el franquismo tuvo su gran parte de culpa, al oprimir la cultura catalana, de que ese desinterés hacía los toros desembocara en que ya sólo quedaba en Cataluña la Plaza Monumental de Barcelona, que antes de la prohibición apenas se llenaba. Tenía que venir gente desde fuera para ello, y tampoco era mucha. Los propietarios de la plaza piensan ahora en negocios más suculentos.

Además, quienes decían que el turismo desaparecería de Cataluña sin corridas, se equivocaron: hay suficiente oferta cultural para el Turismo allí que no tiene nada que ver con esta práctica. Y siguen viniendo más.

Los gustos catalanes son tan diferentes, que cosas que en Madrid arrasan, en Barcelona apenas son vistas. No se olviden que nadie se imagina en Madrid o Granada a un catalán contando chistes igual que Arévalo o Chiquito de la Calzada. Tampoco a nadie de esas ciudades contándolos como Eugenio o Joan Capri.

A Cataluña le pasa como a Francia en algunos aspectos: nadie entendería en EE.UU., en el llamado Cinturón de la Biblia, que buena parte de los franceses apoyen que 'La vida de Adèle' sea en Francia para mayores de 12 años, o que 'Elle' de Paul Verhoeven sea la candidata francesa a los Óscar, cuando en Hollywood era tabú su argumento.

Y en Cataluña, un profesor de Filosofía como Merlí arrasa cada semana en TV3 con sus peculiares métodos, ayudado por una corte de alumnos sin prejuicios sexuales (el otro día, Oliver e Iván se besaron). Si fuera una serie madrileña, habrían suavizado estos matices, o habrían hecho como en los culebrones de sobremesa, meter un cura en la trama para agradar a los espectadores conservadores.