Hay distintos tópicos que, al hablar de determinados países, se repiten. Los ingleses son muy puntuales, los noruegos son fríos y distantes, los estadounidenses son todos obesos. Y los españoles, por supuesto, muy envidiosos. En este caso nos encontramos con un mito difundido por los propios españoles a lo largo de siglos, y que podremos encontrar de vez en cuando en el editorial de un periódico o en alguna conversación: no respetamos al que vale, solo sabemos poner la zancadilla al que triunfa, nos alegramos de los fracasos ajenos... en definitiva, si la clase alta (alta de verdad) está tan mal vista en España es por la #Envidia.

Pero...

¿es esto cierto?

Existe la envidia, como en cualquier sitio. Si un vecino tiene un coche más grande que otro, seguramente la sufra. Eso es inevitable aquí y en cualquier sitio, por lo que no debería sorprendernos que suceda en España. Sí debería sorprendernos, por el contrario, que ciertos individuos investigados por la Justicia declaren sentirse envidiados o que cuando exista cierto criticismo hacia la ética empresarial de alguna persona de alto nivel adquisitivo, algún medio de comunicación del que seguramente sea accionista le defienda a capa y espada y declare que estas opiniones son fruto del odio hacia alguien que, con esfuerzo, ha logrado lo que muchos no lograrán jamás.

Esto no es así por la sencilla razón de que la envidia en España solo se traduce en acciones contra la persona envidiada si pensamos que es más afortunada que nosotros pero no tanto como para que se nos pegue algo de su riqueza.

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Tomemos el ejemplo de Valencia o Marbella: sus ciudadanos, muchos de los cuales rayarán el coche de sus vecinos, apoyaron a ladrones y corruptos adinerados que actuaban como caciques. Esa gente dejó hacer a unos sujetos a los que seguramente envidiaban porque creían que estos se lo agradecerían. Como vemos, la envidia no tiene por qué repercutir en una crítica a los métodos de un empresario o un político, sino que está motivada normalmente por la indignación popular, que puede ser conducida o no por un empresario o político rival. Pero, independientemente de esto, la protesta contra un empresario viene motivada por un rechazo moral a sus métodos: si realmente tomáramos nuestras decisiones basándonos en la envidia, un millonario no podría haber sido alcalde de Marbella. Y.

Entonces, ¿por qué se nos machaca una y otra vez con la manida afirmación que sostiene que "la envidia es deporte nacional"? Simple: para justificar lo injustificable.

Francisco Marhuenda, ese gran tertuliano (lo cual no es ningún cumplido) sostiene que las críticas hacia la infanta Cristina se basan en la envidia.

Cuando se criticó a Manuel Pizarro, exdirector de Ibercaja, por haberse incorporado al Partido Popular perpetuando la bonita tradición de pasar de caja de ahorros a partido político o viceversa, fue por envidia. Así lo sostenía, por lo menos, Pablo Molina en Libertad Digital. Luego se descubriría el escándalo de las cajas y que Libertad Digital aparecía en los papeles de Bárcenas.

Aunque hay gente que legítimamente cree que este es un problema de primer orden y tiene todo el derecho del mundo a defender su postura, hemos visto que a veces tiene motivaciones económicas. Pero no siempre es así.

También puede defenderse esta postura por la arrogancia, consciente o no, que tiene alguien que desea ser envidiado. Esto se explica muy bien en el artículo El mito de la envidia, publicado por Rafael Sánchez Ferlosio en El País: hay ciertas personas que, para sentirse realizadas, necesitan pensar que el mundo entero les odia por su dinero. Por eso promueven esta creencia.

En definitiva, aunque la envidia existe, puede que no se trate de un problema tan importante ni exclusivo de España y que, además, algunas de las personas que lo sostienen tengan intereses en hacerlo. En todo caso estaríamos hablando de envidia entre iguales, ya que las personas con alto nivel adquisitivo se nos siguen presentando como modelo a seguir. #Empresarios #Corrupción