Mientras uno de los partidos políticos incapaz de formar Gobierno resuelve sus problemas internos, otro continúa su periplo a caballo entre traspasar poderes o mantener el ejercicio en propiedad. Una suerte de inacción que queda terminada con la nula aportación de los llamados "nuevos partidos". Si la imagen de un pueblo se proyecta en sus políticos, queda meridianamente claro que la de España es bastante pobre.

La crisis socialista deja al descubierto la escasa democracia interna y la hipocresía instalada en un partido de más de 100 años de historia pero que a base de corrupción y mentiras se inmola año tras año.

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El PSOE ha pasado de una explosión de talante con Zapatero que llevó a España a una crisis en la que todavía estamos inmersos a una detonación interna de estrepitosa vehemencia que desenmascara a todos y cada uno de sus componentes.

Un ramillete de individuos que ven peligrar su puesto en el Congreso y la pérdida de su estatus y zona de confort. No es más que eso lo que les preocupa.

Una muestra de la desintegración socialista es la envergadura que todavía tiene en el partido la opinión de Felipe González. El expresidente habla más ahora con los miembros del partido que durante su etapa como Jefe de Gobierno, cuando se enteraba de las deshonestidades ministeriales y sus allegados a través de la prensa, como él mismo manifestó en más de una ocasión. "Me siento engañado por Pedro Sánchez", ha dicho. El engaño es inherente al socialismo, aquí y en la China.

Y entretanto pierde el de siempre, el ciudadano. Culpable quizás de otorgar demasiada responsabilidad a sujetos con poca capacidad para llegar a acuerdos de importancia.

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Tipos con exceso de flexibilidad que como en un pinball se van de izquierda a derecha con un juego de papel mojado bajo el brazo. Una "nueva forma de hacer Política" que pretende reducir al votante a un simple ser sometido, durante cuatro años, y participativo en jornada electoral.

Así discurre la historia de un país sin rumbo, acuciado por la deuda (100,5% de lo que genera) y ensimismado en comparaciones con potencias remotas que lo empequeñecen cada vez más. Un país con deficiencia democrática, falto de pericia, rico en cortedad y fértil en la supeditación.

Mientras uno de los históricos destruye más de 135 años de historia desde que Pablo Iglesias lo fundó, el otro adormece tranquilo tras el plasma sabedor de que "el coste de la corrupción ya está amortizado". A dónde migraran los votos del primero es algo sencillo de adivinar. El segundo lo tiene todo controlado, como antaño.