En la actualidad, todos los españoles sabemos que en nuestro país gobiernan el caos y la confusión y también creemos saber los diversos factores que favorecen la creación de estos. Uno de ellos, quizá el principal, es la inestabilidad política que reina en nuestro país desde las fallidas elecciones en diciembre y que ha continuado después del segundo intento fallido del 26J.

Sin un gobierno que nos pueda dirigir en la comunidad internacional y con una grave crisis económica mundial que los dirigentes del Partido Popular se empeñan en esconder, el colectivo que somos los habitantes de España se ve silenciado ante los ojos de los dirigentes de otros países. 

Por otro lado, la falta de un gobierno estable también afecta en cuestiones interiores, y estas son variadas, por ejemplo: están los recortes presupuestarios de todas las instituciones públicas, con lo que los funcionarios de la Sanidad o la Educación, reguladas por el Estado, quedan obligados a reducir gastos en profesores, material escolar, doctores, productos quirúrgicos y máquinas especiales para hacer pruebas médicas de vital importancia. Ante esto, nos vemos impotentes y también estamos obligados a aceptar leyes y conceptos que deberían ser secundarios dada la situación en la que nos encontramos.

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Ahora que he dejado explicada una parte del marco general, pasemos a la "Lomce", sobre la que me he decidido a escribir hoy gracias a que he leído ciertos artículos que enumeran sus desastres.

La "LOMCE", para quien no lo sepa, es la nueva ley de educación que implantó José Ignacio Wert, el ex-ministro de Educación, Cultura y Deporte, en noviembre del 2013. Dicho esto de manera objetiva, comencemos a desarrollar la subjetiva, o sea, mi opinión. Esta ley, y lo digo porque yo soy un estudiante afectado, para bien o para mal, por ella, es uno de los mayores y catastróficos desastres que ha podido organizar el Partido Popular.

Basándome en mi experiencia personal, creo que la nueva ley es una confusa lista de ideas que los políticos organizaron al final de su exasperante legislatura con la intención de ganar prestigio y popularidad. En mi centro educativo, los profesores, cuando comenzamos este año, no sabían demasiado bien el temario que debíamos seguir y todos, incluidos los alumnos, estábamos confusos respecto a las asignaturas y sus temarios.

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Y no soy la única voz que protesta contra esta absurda ley que implantaron, sino también las de diversos consejeros educativos y miembros de consejos, tanto escolares como políticos. Aunque creo que lo peor son las reválidas que imponen para pasar a estudios más avanzados, como son el Bachillerato y la universidad.