El viernes, en la Filmoteca, volví a ver una ingeniosa comedia francesa, #Crónicas Diplomáticas, del veterano Bertrand Tavernier, basada en la novela gráfica de Christophe Blair y Abel Lanzac sobre un hiperactivo ministro de Asuntos Exteriores francés, visto por un nuevo empleado, que entrará para redactarle sus discursos. Se inspira en Dominique De Villepin, que ocupó ese cargo cuando Francia fue atacada por EEUU ante su posición por la guerra de Iraq y uno de los autores fue asesor suyo.

Aunque las claves de la trama parezcan muy francesas, como ese gusto por el lenguaje y las citas literarias casi obsesivo, es muy universal.

El ministro, personaje excesivo, que se comporta como un niño grande y repleto de obsesiones ridículas, como subrayar todo con rotulador amarillo y llevar encima un libro de citas del filósofo griego Heráclito como si fuera la Biblia, muestra cómo es cualquier político, que como un camaleón, se adapta a lo que sea para quedar bien.

A través de las citas de Heráclito y de cómo el protagonista va redactando un discurso que el ministro pronunciará en Nueva York ante la ONU, al cual irá introduciendo continuas rectificaciones, desesperado ante los caprichos del político, evoluciona la trama. Incluso a través de un gag recurrente: cada vez que el ministro pasa, da portazos y los papeles de las mesas vuelan.

Uno de sus asesores (excelente Niels Arestrup, veterano secundario del cine francés) tiene que arreglar los desaguisados de su jefe y más de una vez se queda dormido durante las reuniones del Gabinete, agotado ante tanto trabajo frenético sin fin.

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Pero lo más desternillante es cuando le presentan a una escritora Premio Nobel (cameo de Jane Birkin), ante la cual, el ministro se pondrá culto sin serlo y la abrumará con una verborrea interminable. Sus asesores le pasarán una nota, suplicándole que "deje que hable ella". Además, ella se sentía peor con que él le diera dos besos en la mejilla, con muecas de asco.

Lo último puede recordar a lo que hicieron los líderes de los principales partidos, yendo a la gala de los Premios Goya, vendiéndose como que apoyan al cine español y aplaudiendo las películas premiadas, aunque cuesta imaginarlos a favor de que Truman de Cesc Gay (emotiva historia de un actor con cáncer terminal) se llevara los mejores premios. Hubieran preferido un Qué bello es vivir a la española.

Sobre ir cambiando de opinión según la coyuntura, eso se vio cuando los yihadistas asesinaron al director y varios dibujantes de Charlie Hebdo, cuando el gobierno Rajoy hubiera metido en la cárcel a los dibujantes por “blasfemos”, y se habría negado a dar el pésame a Hollande por “degenerado”. Pero como todos iban a la manifestación de Paris, desde Obama a Netanyahu, no podía negarse.

No se les ve muy enterados de la realidad, sobre todo de la violencia de género, sólo actúan cuando es clamor popular y temen perder votos. Y se rodean de asesores de imagen, más obsesionados en buscar el momento puntual que el político al que representan pueda aprovechar para parecer enrollao, campechano o lo que sea. O como decía Rosa Maria Sardà en Actrices de Ventura Pons, en su papel de actriz metida a presentadora de TV: “(La gente dice que) Qué simpática la presentadora, nos recuerda a una tía nuestra, que está como una chota”. Porque, si no, ¿a quién se le ocurrió que Pedro Sánchez telefoneara en directo a un programa de cotilleo de Telecinco? ¿Creían que les daría más votos que si iba a ver cine de autor? #Márketing político #Políticos