Este verano ha hecho su aparición en cartelera el remake Los Cazafantasmas sin que la nueva película haya conseguido cosechar el éxito esperado. Algunos dicen que se trata de un problema de marketing, que no ha sabido venderse tan bien como El Escuadrón Suicida y que, de ahí, vendría su mala taquilla. Sin embargo, no se puede pasar por alto que, el público objetivo de un film de estas características es, principalmente, masculino y que, este público masculino, no está del todo satisfecho con el hecho de que Los Cazafantasmas ahora sean “las cazafantasmas”.

No son pocos los que no se sienten cómodos con esta película porque intercambia los papeles y los roles de sexos de manera magistral.

Esto genera ciertas incomodidades en las mentes más acomodadas al discurso tradicional de “chico conoce chica, chico salva chica y chico conquista chica”.

El éxito magistral que presenta la nueva película, respecto al mencionado intercambio de roles, radica en tres elementos principales. En primer lugar desarrollar dicho intercambio de roles en un espacio propiamente masculino (una película de acción y ciencia ficción a partes iguales). En segundo lugar, en evitar el feminismo rancio, ese mismo que, para defender la autoridad de la Mujer necesita enseñar los pechos y corear alguna consigna pegadiza con el puño en alto. Y, en tercer lugar, como consecuencia de evitar ese feminismo rancio, afirmar la autoridad de la mujer proponiendo modelos femeninos fuertes que obtienen su poder de la afirmación de sí mismas y no de la negación de su opuesto masculino.

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Las nuevas cazafantasmas retoman los personajes de las películas anteriores pero adaptándolos al siglo XXI y a papeles femeninos. Tenemos mujeres fuertes, inteligentes, divertidas y que viven su atracción sexual con naturalidad. No se trata de personajes que luchan para abrirse camino en un “mundo de hombres”. Son personajes que se desarrollan plenamente no por luchar contra el machismo imperante sino por crearse a sí mismas como individuos plenamente capaces. Su lectura histórica como personas no se basa en la negación del opuesto, sino en la afirmación de lo propio. Esto es un salto cualitativo fundamental cuando se trata de “feminismo”.

En la película nos encontramos con científicas que desarrollan toda la labor intelectual necesaria para salvar el mundo. Cuando se trata de dar golpes no necesitan que haya hombres que les hagan el trabajo pero, al mismo tiempo, no caen en un falso heroísmo al más puro estilo de "superhembra"; si les pegan les duele, como a cualquier persona, hombre o mujer.

Adoptan papeles divertidos y desenfadados, licencias que, tradicionalmente estaban reservadas a los protagonistas masculinos. Finalmente, no dudan en convertir al bueno de Chris Hemsworth (en su papel de “rubio tonto”) en hombre objeto. El actor australiano interpreta a un secretario macizorro, corto de entendederas y al que las chicas tienen que salvar.

Por todo esto, la nueva entrega de Los Cazafantasmas ha chocado en las mentes más tradicionales. Algunos, directamente, se han negado a verla porque “son chicas”. Que haya heroínas en la gran pantalla ya resulta raro pero que, además, sean las que tienen que salvar “al chico” supone un paso más en la destrucción de los esquemas heredados.

La realidad es que se trata de un gran avance en lo que a la supresión del machismo se refiere. El valor de esta película, respecto a la igualdad de géneros, no reside sólo en el hecho de que esté protagonizada por mujeres, sino en que supera los esquemas de oposición hombre-mujer. Supera ese primer paso de “la mujer luchadora que triunfa en un mundo de hombres” para sustituirlo por “la mujer luchadora” a secas, sin coletillas de ningún tipo. De esta forma, se consigue convertir a las heroínas en protagonistas de su historia por sí mismas, no por la negación de un opuesto. Esto, es un paso real y firme en lo que a igualdad de género se refiere, afirmar el valor intrínseco de la persona por lo que es y no por lo que deja de ser.