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Cuando Enrique Peña Nieto abanderó a la delegación mexicana que participa en los Juegos Olímpicos y Paralímpicos de Río de Janeiro 2016, instó en su mensaje de despedida, a que los atletas mostraran al mundo “la transformación que México está impulsando, no por un esfuerzo sólo del Gobierno, sino porque, como sociedad, queremos ser mejores, queremos tener una mejor Nación”.

Al cierre de la XXXI Olimpiada, el grupo conformado por los 126 deportistas que representaron a nuestro país sólo pudo obtener cinco medallas: tres de plata y dos de bronce. Atletismo, taekwondo y clavados aportaron los segundos lugares, mientras que el boxeo y el pentatlón moderno dieron el tercer puesto a los mexicanos.

Una modesta cosecha si se le compara con las ediciones anteriores, donde se obtuvieron en Londres 2012 y Beijing 2008, siete y tres medallas, respectivamente. Visto en retrospectiva, el desempeño de la delegación mexicana fue regular, pues las nueve medallas, máximo logro del deporte nacional, se obtuvieron en los Juegos Olímpicos de 1968, cuando México fue anfitrión.  

Más allá de la decepción que algunos deportistas causaron al público azteca, tales como la pírrica actuación de Aída Román, Rommel Pacheco o el equipo de fútbol, de los que se esperaba al menos una medalla. Lo que llamó la atención fue la marcada tensión entre la Comisión Nacional del Deporte (CONADE) y las Federaciones de algunas disciplinas, como la de boxeo. Es difícil olvidar la imagen de Misael Rodríguez batiéndose por el bronce con un uniforme prestado porque la Conade no quiso pagarlo a él y a sus compañeros, y es más, Rodríguez tuvo que botear en calles y microbuses para completar su pasaje a los juegos de Río.

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Otro escándalo fue el del halterista Bredni Roque, quien apareció ante las cámaras con un atuendo parchado con cinta adhesiva, pues la Federación Mexicana de Levantamiento de Pesas (FMLP), le entregó un uniforme inservible y el equipo que éste tenía no fue apto por indicar marcas comerciales no registradas para la competencia.

Atletas sin la indumentaria adecuada que en la ceremonia de apertura llevaron un uniforme de más de 14 mil pesos, diseñado la firma alemana Hugo Boss, son la analogía perfecta de un país cuyo Gobierno busca desesperadamente tapar y disimular la inmensa cantidad de problemas internos.  

México, una nación con 120 millones de personas, que ocupa el decimotercer lugar en la economía mundial, fue incapaz de mostrar la supuesta “transformación positiva” pregonada por Peña Nieto. En cambio, éste fue superado ampliamente por otros países latinoamericanos como Colombia, Cuba y Brasil, y ni que decir de las 110 medallas que logró Estados Unidos, o las "modestas" 70 preseas de China.

Sin embargo, donde México sí es un portento mundial es en obesidad infantil, homicidios y desapariciones, y claro está, en corrupción.

Justamente, es la corrupción lo que parece haberse instalado como algo natural en la sociedad mexicana durante las últimas décadas. Así, el controvertido titular de la Conade, Alfredo Castillo, famoso por el encarcelamiento de las autodefensas michoacanas y por el sonado caso de la niña Paulette, se pasea y entretiene con su enamorada durante los Juegos Olímpicos, sin que nadie, y mucho menos el ejecutivo, le llame la atención por su actuar indecoroso, pues Castillo se sabe impune ante el fiasco de su gestión en el mayor órgano deportivo del país. 

Los pobres resultados, así como la desfachatez de directivos y federaciones deportivas, indican que México atraviesa por un grave problema político, económico y social, en el que la carente necesidad de explicar el preocupante escenario deportivo refleja la necedad de sus gobernantes para reconocer que el proyecto de nación que ellos representan es un fracaso y que éste nos está sumiendo en un laberinto de decisiones erróneas, que como el traje de Bredni Roque, sólo sirve para parchar lo que de inicio ha estado mal.