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Se multiplican los Graffiti en las zonas en decadencia de nuestras grandes ciudades: sobre muros, edificios en ruinas e, incluso, en fachadas de viviendas o naves. Pero, ¿aportan algo, estéticamente hablando, a los lugares donde aparecen? ¿Podemos considerarlos arte con mayúsculas?

Tradicionalmente se pensaba que la belleza, la estética, el arte, elevaban el espíritu, lo ponían en contacto con lo sublime, lo alimentaban. Sería, un poco, como la sensación que experimentamos al contemplar un color pastel: una liviandad que nos eleva, que nos lleva lejos de lo feo, de lo sucio, de lo brutal. Eso no suele ser lo que sentimos al encontrarnos con un graffiti cualquiera que, con bastante frecuencia, lo que consigue es, precisamente, que nos demos de bruces con lo feo, lo sucio, lo brutal.

Ya sea por la estridencia de los colores, el mensaje o la calidad del dibujo. O por todo en su conjunto.

Se trata de muestras de autoexpresión, sin duda. Pero no contribuyen al embellecimiento o a la recuperación de las zonas afectadas: las degradan más, estéticamente y, en el caso de viviendas o naves, acaban marcándolas como ideales para ser ocupados, a título personal o por algún grupo más o menos organizado.

No es habitual ver pintadas en las zonas más " IN" de las grandes urbes donde un graffiti, de calidad, podría dar un toque interesante a un edificio corporativo o institucional, por ejemplo. Lo común es verlas en zonas dejadas de la mano de Dios donde los graffiteros campan a sus anchas ante el desinterés de la administración, en el mejor de los casos. Haciendo un inquietante símil naturalista sería, un poco, como un pastor que contempla con pasividad como su oveja herida o enferma es devorada por los lobos.

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En el peor de los casos son los propios ayuntamientos los encargados de apoyar o patrocinar esas intervenciones graffiteras bajo el lema de "dinamizar" (revitalizar) la zona o con la intención, abiertamente declarada, de "promover el Arte urbano"

La necesidad de expresión de unos cuantos, legítima, está perjudicando a vecindarios enteros, cosa no tan legítima. Se juntan la creciente demanda de muros de los artístas, a menudo poco respetuosos con la arquitectura e historia locales, y el abandono e irresponsabilidad de algunas instituciones, conjurándose las necesidades graffiteras y la incompetencia de la administración contra vecinos sorprendidos, indignados o indiferentes y, en última instancia, contra la calidad de vida, el respeto por la arquitectura y el pasado, la estética y el arte. El de verdad, ese que acostumbra a ser el alimento del espíritu.