Hay dos términos de Regímenes políticos que no son democráticos, como el Autoritario y el Totalitario. El primero sería el que ejercen políticos que ganan con mayoría absoluta cada elección, que tienen al pueblo rendido a sus pies como si fuera Dios, hasta que caen, sea perdiendo por fin unas elecciones o que el pueblo ya no confíe en él.

El segundo ya es una Dictadura pura y dura, sin posibilidad de admitir nada que no sea de su gusto, y que sólo cae con golpes de Estado en contra suya, invasiones extranjeras como la de los aliados en la II Guerra Mundial o rebelión de su pueblo contra el despótico líder.

Ayer nos enterábamos de que Daniel Ortega, que parecía que, como Jaruselzky en Polonia, se había reciclado y aprendido a gobernar como un demócrata, ha vuelto a las andadas como hace 30 años y quiere gobernar en Nicaragua sin oposición, con partido único.

Y encima con pretensiones dinásticas, como si fuera una Corea del Norte de los Kim-Il-NoséCuantos, que pasa de padres a hijos. Tiene en contra incluso a disidentes sandinistas, que tienen propio, pero con poco poder de convocatoria.

Algo que sale poco en la Prensa, pues tenemos al antipático Erdogan en Turquía, con unas purgas en todos los estamentos nacionales que se parecerían a las de Stalin si no fuera por que, por ahora, no ha condenado a muerte a los disidentes. Para empezar, ¿dónde los enterraría, al negarse sus partidarios a enterrar a los muertos opositores en sus cementerios locales? Varios “erdoganistas” dicen que fundarían cementerios para que los golpistas “nunca descansen en paz” y que “les harían el reposo eterno imposible”, o algo así.

Mientras, Viktor Orban, el dictador ultraderechista de Hungría, también, como los otros anteriores, gana elecciones por goleada y se cree bendecido por Dios para sus abusos de poder.

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Desafía a Europa con la superioridad de quien se cree un profeta. Saca Leyes ultrapuritanas, racistas y machistas, con absoluta impunidad, teniendo una oposición local débil y poco escuchada por sus conciudadanos, por no hablar de su apoyo por un partido racista, que niega el Holocausto.

No hablaremos de Putin, ya conocido de sobra, aunque sus delirantes manías de gobernante autoritario no las conocemos todavía del todo. También gana elecciones, también tiene oponentes débiles y que en el fondo piensan como él, y los de verdad disidentes son ignorados por la sociedad del país.

Con todo esto, ¿está de moda ser dictador? ¿Está patrocinada por alguna casa de modas? ¿Patrocina equipos de fútbol? ¿Son como falda corta ahora y falda larga la próxima temporada? ¿Volvemos a los tiempos en que el Fascismo y el Comunismo eran las únicas alternativas, como decía Franco al autoconvencerse de que su Régimen totalitario, que desapareció sólo cuando él se fue al hoyo, no tenía más alternativa que el Comunismo?

Quizá volvamos a lo que decía Nietzsche, que decía que la Humanidad, una y otra vez, volvería a los viejos vicios, simplemente reciclándolos.

Ya no hacen falta las virtudes de antes, pues tarde o temprano, en las Redes Sociales, se descubren que no son tales.  

Y con España y su Gobierno, que quiere recuperar tics autoritarios que cree que funcionarían igual que ayer, más dictaduras posibles. Es como cuando alguien me decía que John Wayne gustaría igual ahora. Hombre, quizá, pero reciclándose a los nuevos tiempos. O imita a Depardieu, incluso en las delirantes ideas morales que practica, o sólo le imitarán cuatro frikis, más anticuados que el TBO.