"El PP ha ganado las elecciones". Esta frase está siendo muy repetida en los últimos días tras los comicios generales del pasado 26 de junio, al igual que lo fue en diciembre cuando Mariano Rajoy también logró alzarse con la primera posición en votos a una distancia considerable de la segunda fuerza, el PSOE de Pedro Sánchez. La veracidad de dicho enunciado hay que ponerla en cuestión, pues no es del todo cierto que el partido con mayor número de sufragios sea el vencedor de unas votaciones. No lo es, al menos, en una democracia parlamentaria como la nuestra.

A diferencia con otros países democráticos de América Latina o el propio Estados Unidos, en España no contamos con un sistema presidencialista en el cual los electores votan directamente por el candidato que quieren que legítimamente alcance la presidencia del Gobierno.

En nuestro país, por el contrario, los españoles elegimos a una serie de diputados y diputadas (obviemos el Senado para esta reflexión) que pasan a ocupar los 350 escaños del #Congreso de los Diputados. Así las cosas, el sistema electoral se divide en 52 circunscripciones (una por cada provincia) en la que los votantes de cada una de ellas depositan el voto a la lista de diputados (que no al presidente) que les representará en la Cámara Baja.

Por este motivo, salvo en la Comunidad de Madrid, en ninguna otra provincia el censo electoral vota por Mariano Rajoy, Pedro Sánchez, Pablo Iglesias o Albert Rivera, sino por el cabeza de lista y los acompañantes que este disponga en la provincia en cuestión. En resumidas cuentas, tras el escrutinio final de las papeletas, lo que queda configurada es la representación que tendrá cada uno de los partidos en el Congreso de los Diputados, no el Gobierno que pasará a ocupar el poder ejecutivo durante los próximos cuatro años.

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Esta elección del presidente es tarea del Congreso inmediatamente después de que quede constituido el Pleno. Es decir, el presidente del Gobierno es elegido por los diputados, no por los votos emitidos en las urnas.

Por tanto, la afirmación con la que iniciaba este escrito no se ajusta con la realidad electoral que se vive en España. Las elecciones las gana el partido que logra construir un Gobierno con el apoyo directo o indirecto (abstención) del Congreso de los Diputados a través de la que se conoce como Sesión de Investidura. Así, en la pasada legislatura, si finalmente Pedro Sánchez (PSOE) hubiera alcanzado un acuerdo con Ciudadanos y Podemos, su partido se habría convertido en el ganador de los comicios al alcanzar La Moncloa, a pesar de que el #PP fue la lista más votada en las urnas.

Es comprensible que desde Génova se afirme con rotundidad que Rajoy ha sido el vencedor de estas elecciones. Es cierto que ha ampliado su distancia con la segunda fuerza (los socialistas) y ha sumado 14 escaños respecto a diciembre, pero de nada le servirán estos logros cuantitativos si finalmente no consigue ganarse la confianza de la Cámara y termina perdiendo la votación de investidura en detrimento de otro candidato que, con la misma legitimidad que Rajoy, intente hacerse con el apoyo del Congreso y lo consiga.

No hay que olvidar que, si bien cerca de ocho millones de españoles decantaron su apoyo a las listas del PP, no es menos cierto que otros 15 millones intentaron teñir el Congreso de un color distinto al azul. Todo puede pasar. Los populares lo tienen más fácil por su peso mayoritario en diputados, pero hasta que la Cámara se pronuncie, no hay victoria asegurada. #Elecciones 26J