Establecer una distancia objetiva entre el tiempo en que se vive y los protagonistas que en él habitan para poder realizar un análisis imparcial de la realidad es prácticamente imposible. Por ejemplo, los obreros que trabajaban durante la Revolución Industrial no serían conscientes de ser partícipes de la misma, ni de los cambios que ésta supuso.

Hoy en día, en la era de las comunicaciones, no somos realmente conscientes de la revolución tecnológica de la que somos protagonistas pasivos. Rara vez nos paramos a pensar que el PC medio de hace 20 años no puede competir con el Smartphone medio actual. Esto se debe a que hemos asimilado estos aparatos como algo cotidiano en muy poco tiempo (siguiendo con la analogía, no ha habido un movimiento cartista en contra de los móviles).

De hecho, con la aparición de Smartphones de “bajo” precio, el aspecto económico que podía obstaculizar su adquisición, de facto ha desaparecido. No obstante, aunque este movimiento tecnológico tenga sus ventajas, no hay rosa sin espina; y en este caso la espina es metálica.

El uso de minerales y la procedencia de los mismos es una realidad de la que no somos totalmente conscientes, o no siempre queremos serlo. El uso de minerales como el coltán o el cobalto, aun habiendo sido denunciado por diferentes ONG debido a sus orígenes, sigue siendo un problema sin vistas a solucionarse. No es tanto el problema el uso de los mismos, sino el modelo de extracción en República Democrática del Congo y los múltiples problemas que han surgido para que los grandes fabricantes puedan obtener el mayor beneficio posible.

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Si bien el uso del coltán se dirige principalmente a la fabricación de componentes para Smartphone y Tablet, el cobalto se utiliza para la fabricación de baterías de litio, cuyo uso está ampliamente extendido. Podemos decirnos a nosotros mismos que no podemos hacer nada, que necesitamos teléfonos en el día a día, etc. Sin embargo, esta es una posición muy cómoda que niega la realidad de aquellos que más sufren. Podemos tomar pequeñas decisiones que si bien no van a erradicar el problema, suponen un cambio de actitud que es el primer paso a dar. Dentro de nuestros hábitos diarios, podemos no cambiar de aparato a capricho sino cuando su vida útil haya terminado (no obstante no olvidemos que el 90% de los componentes de un móvil son reciclables), adquirir marcas que sean más sostenibles en el proceso de fabricación, informarnos acerca de la problemática que existe al respecto, etc.

Tal vez deberíamos empezar a cuestionarnos nuestro papel dentro de la revolución que estamos viviendo, ya que tenemos la oportunidad de ser medianamente conscientes de los problemas que generan nuestro acomodado estilo de vida.

No digo que haya que renunciar a la tecnología (yo mismo estoy escribiendo desde mi ordenador portátil), pero sí que podríamos plantearos nuestro modelo de consumo y las consecuencias del mismo. A lo mejor, después de dicha reflexión podemos establecer nuestras prioridades en base a necesidades reales.