Corría la década de los 40 del siglo XIX. Los regímenes absolutistas se tambaleaban tras el expansionismo napoleónico por el Continente. Una nueva clase política había surgido desde no hacía mucho, la cual se erigía en nuevo componente indispensable para el desarrollo económico: la burguesía.

Burguesía revolucionaria

La burguesía había liderado en Estados Unidos la primera revolución liberal (1776), con la que consiguieron la independencia de sus Trece Colonias y proclamaron la primera Constitución liberal de la Historia (1787); dos años más tarde (1789), la misma clase social lideró la Revolución Francesa en Europa, dando lugar a la apertura de una nueva forma de entender la Política.

Tras la expansión napoleónica, producto de la Revolución Francesa, el liberalismo acabó haciéndose con el poder político (el económico ya lo controlaban). Las revoluciones liberales se dieron en tres fases hasta que pudieron asentarse plenamente en los nuevos parlamentos: las revoluciones liberales de 1820, las cuales fueron aplastadas por las potencias absolutistas; las revoluciones de 1830, en las que utilizaron para sus pretensiones a las clases más desfavorecidas y a los obreros (clase social reciente, pues se estaba dando la revolución industrial en Europa),  para más tarde desentenderse de ellos, no cumpliendo con las pretensiones de este estrato social; y, finalmente, las revoluciones de 1848, en las que obreros y liberales lucharon por separado.

Por estas fechas el liberalismo ya se había asentado prácticamente en la totalidad del continente europeo.

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Es decir, llegó a hacerse con el poder político a través de revoluciones y hasta nuestros días ha sido la clase dominante.

Surgimiento de un nuevo enemigo

Pero algo ocurrió también en aquel año 1848. Por encargo de la Liga de los Comunistas, Karl Marx y Friederich Engels redactaron el “Manifiesto del Partido Comunista”. Dicha obra consiguió politizar a la clase obrera y unirla contra un enemigo común. Si décadas antes las luchas sociales se desarrollaban entre liberales y absolutistas, el nuevo escenario sería de los obreros contra los liberales.

En aquel año 1848, en el que Marx y Engels publicaron su Manifiesto Comunista, un fantasma rojo recorrió Europa. El mismo que recorre hoy los medios de comunicación en boca de los liberales. “¿Qué partido de la oposición no ha sido motejado de comunista por sus adversarios en el Poder?”, preguntaba Marx en su Manifiesto en 1848.

La evolución y triunfo del liberalismo anteriormente desarrollado es explicado por Marx de esta manera: “la burguesía, después del establecimiento de la gran industria y del mercado universal [colonizaciones], conquistó finalmente la hegemonía exclusiva del Poder político en el Estado representativo moderno.

El gobierno del Estado moderno no es más que una junta que administra los negocios comunes de toda la clase burguesa”.

El liberalismo consiguió asentarse en el poder político gracias a las revoluciones. El protagonista fue la burguesía revolucionaria. La misma que después de triunfar ha condenado esa misma forma de hacerse con el poder y que amedrenta a la población con el miedo a la revolución. No hay ningún “fantasma rojo” recorriendo Europa. Solo es una forma de infundir el miedo y legitimar el sistema liberal.