Lo que peor llevo de la maternidad son los consejos. Durante el embarazo, creo que más de una vez, los tomé con ternura y algo de simpatía.Probablemente yo esté más susceptible de lo habitual y la poca paciencia con la que contaba sin ser madre, con un niño pequeño es menester de otra vida.

Odio los consejos. Es cierto que somos seres sociales y que parte de esa condición nos vuelve entrometidos e ignorantes, pero el grado al que se llega con una madre es digno de denunciar. Los desconocidos, o conocidos ocasionales, pueden arruinar una tarde tranquila de paseo o una mañana en el parque. También arruinan los viajes en metro y autobús, aunque más en autobús.

Empañan las compras de urgencia en el chino de la esquina y las planificadas en el supermercado. Es que, el desconocido con vocación consejero, aprovecha cualquier recoveco para hacerse con su intromisión y alterarlo todo.

Mi hijo de 9 meses comienza llorar en el autobús, busca que lo saque del carro, al menos eso creo. Hago, en el orden exacto según funcionan, todas las carantoñas que le gustan. Una señora, de la que solo escucho su voz, dice que el niño tiene hambre, otra le contesta que es calor lo que tiene. Lo entretengo menos de 10 minutos, pero me doy por satisfecha. Íker vuelve a llorar, paso a la segunda tanda de truquillos, aparecer/desaparecer detrás del foulard, tintineo de las llaves, me agacho hasta el carro y le miento en un tono suplicante, “YA LLEGAMOS”. Otra mujer dice que coja al niño en brazos y me siente, que ella me deja el lugar.

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Le agradezco, dos mujeres que están sentadas en la tercera fila me miran, la rubia me dice que seguro el bebé tiene sueño y la vecina de asiento piensa que ese es el llanto del hambre. Me impaciento, ¿qué saben ellas de mi hijo?

Íker deja de llorar, el autobús está lleno. Los pasajeros parecen concursantes de un programa de televisión con un lote millonario para el primero que acierte los motivos del llanto de Íker. Mi hijo, como muchos otros #Niños, se aburre con facilidad, necesita estímulos dispares que lo entretengan hasta que él, por si solo halle algo en que fijar su atención. Además, ese día tenía un poco de sueño, un poco de calor y un poco de hambre. Pero ¿cuál es el sentido de mencionarlo en público? Nadie va a sentir más culpa que un padre al que a su hijo se le hizo tarde para comer, para dormir o lleva demasiado tiempo sin que le cambian el pañal.

Hace apenas unos días, en una feria de gastronomía, una mujer que ni siquiera supo acercarse a la edad aproximada de mi hijo, estuvo 40 minutos enseñándome como criar a Íker.

“Háblale, háblale todo el día, azúcar, papá, coche, casa…” así de absurdo fue su monólogo. Yo me contuve, pero fue la última vez. ¿Qué clase de madre sería si aplicase las técnicas educativas de una mujer que está sentada con las gafas a medio camino entre el ceño y la punta de la nariz y a la que tuve la suerte de no haber visto antes en mi vida?

Los consejeros familiares voluntarios, no vienen con referencias, pero se dignan a asesorar como si fueran los sucesores de Gandhi o la Madre Teresa. Que yo no pido tanto, pero, al menos me gustaría saber qué clase de persona me habla. ¿Es de los que detiene el coche sobre el paso de peatones y se hace el distraído? ¿Es de los que se adelanta en las filas? ¿Es de lo que tira la colilla del cigarro dentro del portal?

Podría profundizar y querer saber sobre sus hijos, después de tanta sabiduría, deberá tener pichones de premio Nobel. Supongo que sus hijos nunca habrán llevado malas notas, ni se habrán resfriado, que comerán de todo y justo ahora estarán de voluntarios en Kenia hasta la navidad.

Tal vez peque en generalizar, pero a ningún padre le interesan los consejos sobre un niño pequeño. No son ni viables, ni aplicables, salvo que quien los imparta, venga con una especie de libreta sanitaria que valide sus aptitudes paterno filiales. #Educación