Paradógicamente, ayer, 26 de junio, se cumplían 126 años de la primera vez que se les permitió votar a los hombres en España. Aunque el otorgamiento de este derecho llegaría cuarenta años más tarde para las mujeres, en 1890 a una parte de los ciudadanos españoles se les había concedido el prodigioso derecho de poder elegir su fortuna en las urnas. De manera intencionada o no, la elección de esta significativa fecha para unas segundas elecciones podría haber supuesto una muestra de gratitud por parte de los libres electores hacia todos aquellos sufragistas que se jugaron la vida a una carta para que el pueblo tuviese el poder. Sin embargo, las elecciones en este aniversario dejaron ver a un pueblo pasivo y estéril, que parecía no tener idea de lo que significa tener el inmenso poder de cambiar las cosas con un gesto tan simple como cerrar dos sobres.

Ni siquiera tienes que llevar un bolígrafo, ni siquiera comprar los sobres.

Todo indica que estos no-electores estarían más cómodos en un sistema donde no sea necesario ir a votar, donde una sola persona decida por todos y donde no sea necesario decantarse por una opción u otra, porque no hay libre opción. Estarían más cómodos con las manos atadas y la boca cerrada, lamentándose por que cambien las cosas —¡ah, no, que así es como están ahora!—. Implorando por las calles que la situación vaya a mejor, que se termine la miseria, la muerte y el miedo. Anhelando el derecho a poder crear y abolir leyes, el tener poder para ir a mejor con tan solo escribir: "quiero que sea así". Estarían más cómodos, es cierto. O quizás no estarían, ni siquiera, en este país... ni en este mundo.

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No obstante, ayer, la mitad de los ciudadanos españoles se sintieron más cómodos que nunca, en el más ingrato olvido de su historia.

El 26 de junio de 1890, a finales del siglo XIX, la Ley Electoral reconoce de forma definitiva el sufragio universal para los hombres mayores de 25 años, bajo la Constitución de 1876, gracias a las ideas liberales del Gobierno de Sagasta y a pesar de la oposición de los conservadores, los mismos conservadores que, en el día de ayer, ganaron las elecciones con 137 escaños.

En cuanto al sufragio universal, con sinceridad me dirijo a todas aquellas indolentes que no tienen ni idea de lo que lucharon las mujeres a principios de siglo para poder tener voz en la cámara. Si Clara Campoamor o Hildegart Rodríguez levantaran la cabeza, con seguridad no se arrepentirían de haber luchado por ese derecho, pero se avergonzarían de mujeres como las que ayer no ejercieron su poder con el voto. Vergüenza del declive de un país apolítico, apático y despreocupado. No entenderían nada.

No hay mejores palabras para describir esta situación que las extraídas del largometraje Ángeles de hierro, dirigido por Katja von Garnier y protagonizado por Hilary Swank, quien da vida a Alice Paul, militante del Partido Mundial de Mujeres y una de las sufragistas que lucharon con sangre, sudor y lágrimas por el derecho al voto femenino en Estados Unidos. Al igual que en España, todas ellas fueron encarceladas, ultrajadas, apaleadas y, muchas, asesinadas. Las que pudieron seguir con vida alzaron su voz aún más alto contra los conservadores y misóginos que las oprimían y amenazaban. Gritaron y pelearon con uñas y dientes, hasta que en 1918 consiguieron la Decimonovena Enmienda de la Constitución. En España, se logró en 1931, junto con la igualdad jurídica ante el hombre y el derecho al divorcio. Todo ello para que, en 2016, las mujeres simplemente no vayan a votar.

"Ciento cuarenta y seis mujeres murieron abrasadas en el incendio de una fábrica el mes pasado, ¿dónde estaba la escalera de incendios? Las leyes las hacen los representantes selectos, una escalera de incendios puede ser exigida por ley. Un voto... es... una escalera de incendios." (Ángeles de hierro, 2004) #Crisis #Denuncia #Elecciones 26J