Llevaba un llamador de ángeles colgado del cuello. Ese tipo de colgante que contiene una bolita que suena como un cascabel, y que la leyenda dice que atrae a los ángeles cuando necesitamos protección.

A mi sobrina, de 3 años, le gustaba abrirlo y coger la bolita. Se la ponía en el oído y me decía:

-Vamos a llamar a los ángeles.

Después la ponía en mi oído y decía:

-Ahora vamos a llamar a las hadas.

Ya con las camisetas puestas, las banderas, bufandas y demás artilugios rojiblancos de que disponíamos, y a punto de salir de casa hacia el Barclaycard Center, a ver la final, me di cuenta de que el llamador de ángeles estaba abierto.

La bolita, de tanto abrirlo y cerrarlo, se había caído.

-Ya lo buscarás. Dijo mi madre.

-Si no lo llevo no ganamos. Dije yo.

Y todos empezamos a buscarlo, hasta que apareció y nos fuimos hacia allí, con alegría, con nervios, con ilusión. Con la confianza de que ésta vez, sería nuestra.

Al llegar al Barclaycard Center, nos encontramos una auténtica fiesta. Madrid en rojo y blanco.

Entramos al palacio, buscamos nuestros sitios, y esperamos impacientes que llegase la hora, la tan ansiada hora.

El partido se vivió, como sólo se pueden vivir éste tipo de encuentros, rozando el infarto y acordándonos de todos los ángeles que debían aparecer para que nuestro Atleti consiguiese el sueño de tantos y tantas generaciones.

No he vivido mayor locura colectiva, que el gol de Carrasco. Otra vez estábamos dentro.

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Se podía!!!

En el descanso, antes de la prórroga, salimos a tomar el aire, y lo que nos encontramos fue pura magia.

Gente asomada a las ventanas de sus casas, animando a una afición que cantaba con rabia y fuerza las canciones que tantas veces habían cantado en el Calderón.

Las voces de los atléticos se oían tanto dentro como fuera, como sólo ésta afición es capaz de hacer.

Y al final, lo que nadie podía esperar.

Cuando Cristiano metió el gol, las pantallas se apagaron al unísono, y las luces se encendieron.

Silencio.

Silencio.

Cuando conseguí levantarme y miré a mi alrededor, la desolación en las caras de niños, padres, abuelos, hermanos, amigos... era indescriptible.

Y en silencio, el palacio se vació.

Cuando llegué a casa, volví a encontrar el llamador vacío.

La bolita se había quedado allí. Los ángeles no estuvieron con nosotros, por más que mi sobrina los llamase.

Hoy, 3 días después, sólo siento orgullo por este equipo, por el carácter incansable de su gente. Orgullo y nostalgia por lo vivido, y por lo que pudo haber sido.

Volveremos.

Nunca debes dejar de creer.

Final Copa del Rey 2016

Final Copa Rey