En la España de la transición la prensa sufrió su mayor revolución. Tardía, eso sí. Pero como dice el dicho popular, «más vale tarde que nunca». Tenía una misión —publicitaria más que informativa— y se dejó la piel en ella: conseguir el apoyo del pueblo a un proceso de “paz” que se supuso la mejor alternativa al dictatorialismo. Y lo consiguió y se le agradeció con creces: contratos publicitarios, financiación, amiguismo, cercanía ideológica…

Pero ese momento “floripower” para la prensa y la política españolas no iba a salirle gratis a ninguna de las dos: fue su condena a un perpetuo entendimiento mutuo. En un primer momento esto no parece suponerle ningún problema ni a la una ni a la otra.

Pero con el tiempo ambas se dieron cuenta de que caminaban con una fina, pero resistente, soga al cuello cuyo otro extremo estaba en manos de su pareja: si una se alejaba demasiado de lo acordado, la otra apretaba la soga.

Este parasitismo negativo no beneficia a nadie. Mucho menos al ciudadano; el tercero en discordia. A la política le supone una presión extra por la mala publicidad que la prensa pueda hacer a su imagen si no cumple su parte del acuerdo; a la prensa le supone una falta de independencia ya que su financiación viene, casi en su totalidad, de las arcas públicas; al ciudadano le supone un engaño monumental, a la vez que doble, por ambas partes: la política le engaña dedicando descaradamente su presión fiscal a financiar a sus amiguetes, mientras le exige que se apriet, aún más si cabe, el cinturón; la prensa le pinta el país de color de rosa mientras le oculta qué se está haciendo con su dinero (se lo está embolsando ella).

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¿Y el ciudadano de a pie qué hace? O, en su defecto, ¿qué le queda hacer? Pues nada. Bueno, “nada”. Queda eso de organizarse y montar revueltas para, por un lado, obligar a la prensa a recuperar su independencia, y por el otro arrebatarle a los corruptos el control de las instituciones. Pero eso, a fin de cuentas, es de radicales, extremistas, rojos, bolivarianos, comunistas, “asesinos”Ah, y de nuestros padres, abuelos, bisabuelos… Pero de eso ya nadie se acuerda.