Resulta por demás sospechoso, intrigante y estimulante que, desde el punto de vista del lenguaje, cuatro letras, unidas en un orden, le den un significado vital al ser humano. Se refiere uno a la palabra: amor. En el campo de la filosofía, es un tema central que ha invitado a la reflexión intensa, para definirla, explicarla, y en ocasiones, vividas de una manera existencialmente atormentada.

Lo que se ha buscado, no sólo en el campo de la filosofía, sino en la literatura y el Cine, se me ocurre mencionar ahora, es esa posibilidad intrínseca del amor que es el encontrar la felicidad eterna en esta vida, precisamente, temporal.

Lo que revisaremos brevemente aquí, son esos esfuerzos por desvelar la magia del amor fuera de toda connotación romántica.

Para ello, lo primero que tenemos que hacer es reconocer que los medios de comunicación, en un cierto grado de intencionalidad, nos han predeterminado algunos paradigmas respecto al hecho de “saber” como deberíamos enamorarnos; por ejemplo, en la época clásica del cine, que nos proyectó el concepto del amor como una realidad inerte en el pensamiento humano.

Para acercarnos un poco a la línea de la microhistoria del amor en la filosofía, empecemos con aquel célebre diálogo de Lisis en el cual Sócrates plantea la tesis, o mejor dicho, explica que el amor es aquel vehículo que permite alcanzar la felicidad (aquella emoción que determina el bienestar común), precisamente, de la persona de la cual atribuye un interés genuino.

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Se da una intencionalidad del acto amoroso, esto es, “lo semejante es amigo de lo semejante”.

En esta línea de pensamiento, nos encontramos con que Platón sospecha que se presentan dos cualidades del amor, por un lado, están aquellos que los define la pasión: atracción y/o amor sexual; por otro lado, dos personas buscan ser el complemento recíproco en un plano intelectual. Dependiendo de la personalidad y/o espiritualidad del ser que tome tal o cual camino o, en su caso, pase por los dos estadios, en cualquiera de los órdenes.

En el caso de Freud, afirmó que el amor, en tanto que sentimiento, es algo que se encuentra inmerso en el inconsciente, en lo que definía como el “ello”, que es algo instintivo que se encuentra con el “yo” como contrapeso o agente de equilibrio amoroso. Lacan por su parte lo definió como “dar lo que no se tiene a alguien que no es”, lo que lo puede llevar a la trampa del vacío existencial o la tragedia humana reflejada en ciertos comportamientos autodestructivos.