"La política es un acto de equilibrio entre la gente que quiere entrar y aquellos que no quieren salir". Con estas palabras Jacques Benigne Bossuet, clérigo y escritor francés del siglo XVII, nos ilustra sobre qué está ocurriendo en España. Nueva política, vieja política, hora del cambio... Muchos conceptos, quizás demasiados, que dejan siempre ese aroma a incertidumbre y desconfianza que tanto han alimentado durante décadas desde los sillones. 

Dentro de esos sillones –'abandonados' tras la ingobernabilidad posterior al 20D– hay quienes han optado por una nueva estrategia, la de la unidad. La izquierda, esa en la que PSOE aparece cada vez con menos frecuencia, ha hecho algo que una gran cantidad de ciudadanos (otro tipo diferente al de Albert Rivera) demandaba desde hace tiempo: darse la mano y caminar en la misma dirección

Unidos #Podemos lo han llamado.

El nombre suena bien, evoca a trabajar juntos para tener un nuevo país y puede despertar a quienes sentían que su voto no iba a sumar. Tan bien suena que ilusiona a esa gente que pensaba que un giro de tal calado, que pueda incluso acabar con la izquierda como primera fuerza política el 26 de junio, era imposible. Tan bien suena que asusta a esos otros que pensaban que para esta segunda vuelta de papeletas nada cambiaría.

Hay quien ve en este pacto un mero acuerdo de urnas, un acuerdo comunista, un acuerdo que llega para a acabar con el país... Todo eso se resume en una palabra: miedo. En este caso no vale escudarse en el manido 'más vale malo conocido que bueno por conocer'. Ojalá se hubiera puesto tanto interés en controlar un poco los movimientos y cuentas de quienes estaban, como se pone ahora en saber hasta cuántos datos gasta #Pablo Iglesias en su móvil. 

Dicho eso, aquí nadie es adivino y vaya por delante que Unidos Podemos no es la panacea, pero eso no quita que de risa que desde el PP –con sus enviados a tertulias de por medio– se intente dar apariencia de preocupación por cómo se pueda ver afectado el pueblo por el desastre que pueden causar estos 'radicales'.

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Ahora sí ven una amenaza real para perpetuar su estatus.

Quien bien entiende ese concepto es Albert Rivera, capaz de congeniar con quien sea o de pedir el apoyo de quien sea, eso sí, esto último sin reciprocidad. Nadie niega que hablar y llegar a un entendimiento es una habilidad, pero hay diferentes casos. Si todos renuncian a lo que quieren hacer por alcanzar un acuerdo, ¿qué nos queda?. Donde el líder de Ciudadanos ve una capacidad impermeable yo veo un vacío de fondo.

Socialismo a la deriva

Llegados a este punto, no puedo obviar al mayor aliado, al menos hasta que se disolvieron las cortes, de Rivera. El PSOE  –no para de llevarse golpes, incluso internos, léase Emiliano García-Page o Ximo Puig– está viviendo la que parece una cuenta atrás, al más puro estilo Jungla de Cristal, para evitar que la bomba le acabe estallando en las manos.

Lejos andan de conseguirlo. Pedro Sánchez vive atosigado por una continua necesidad de remarcar su liderazgo, ese que, sin decirlo, en el seno del partido ven tan próximo a su fin como tiempo queda para que se vote.

Susana asoma y Pedro no para de sofocar fuegos. Y mientas andan en esas, Unidos Podemos amenaza con dejarles atrás y Ciudadanos con ponerles la cara colorada. ¿Alguien duda de que Rivera estrechará la mano de Rajoy, dejando en la cuneta a Pedro, si puede formar gobierno con el popular? Yo no.

Y estando aquí, entre ilusiones y miedos, entre los que están y los que podrían estar, entre pactos y vetos, les pido que tengan esto en cuenta: "Sólo los buenos sentimientos pueden unirnos, el interés jamás ha forjado uniones duraderas", Auguste Comte. #Izquierda Unida