Hace unos días, en Barcelona se pusieron carteles de Barcelona Poesia, con muestras de varios poetas mundiales de todos los estilos. Como es habitual en el Ayuntamiento de Ada Colau, les gustan más los poetas marginales, transgresores y que hacen denuncia social.

El Gobierno Rajoy protestó por uno de los textos elegidos. No sabemos si por lo que decía su autor, el poeta maldito americano Charles Bukowsky, de vida bohemia y marginal, dedicada a los policías, americanos en este caso, a los que él no veía precisamente como modelos de comportamiento ni defensores del ciudadano indefenso. Uno de los anuncios con el texto estaba casualmente delante mismo de la sede barcelonesa de la Policía.

Hace poco, una famosa poetisa catalana, Dolors Miquel, es perseguida por unos poemas que denunciaban la discriminación de la mujer en nombre de la Religión, y no pararán hasta verla entre rejas.

Y hoy mismo salta otra polémica: en Guardamar (Toledo), un espectáculo audiovisual mezcló entre sus imágenes las de Francisco Franco y Heinrich Himmler, este último uno de los lugartenientes de Adolf Hitler. En ese pueblo hay una alcaldesa del PP. La noticia ha corrido como la pólvora durante todo el día por las redes sociales.

Ya está casi olvidado el caso de los titiriteros andaluces, detenidos cuando el Carnaval de Madrid por su obra para el teatro de marionetas en donde mezclaban temas más para adultos que para niños. Aunque no para los propios artistas, condenados como si hubieran matado a media Humanidad, teniendo que ir cada día a Comisaría y sin poder desplazarse apenas sin permiso, como un Jean Valjean cualquiera.

Todo lo que contamos aquí son vistos por un partido político determinado como muestra de la degeneración humana, queremos decir el primero y el tercero.

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El segundo, alegan no haber supervisado antes todo lo que se iba a representar.

En el primer caso, si lo miramos objetivamente, no tiene nada que ver que el poema de Charles Bukowsky estuviera enfrente mismo de la sede policial y que criticara a la Policía, en este caso a la americana, que nada tiene que ver con la de este país. Parecen ganas de quejarse por todo.

Si se reestrenara la excelente película francesa La vida de Adèle, famosa por sus escenas lésbicas con una duración media de 6 minutos 52 segundos cada una, si se pusieran sus carteles anunciadores delante de la Embajada del Irán, si se quejara el Embajador, lo consideraríamos un puritano ridículo, un atentado a la libertad de expresión. Es decir, lo que pensamos cuando el Vaticano tapó sus estatuas de desnudos, en el propio Vaticano, para no ofender al Presidente iraní. ¿O si fuera un anuncio de una exposición dedicada a Madame Bovary delante de la sede de la Conferencia Episcopal?

Últimamente estamos oyendo disparates con toque puritano que parecen de épocas ya superadas, cuando el Vaticano, precisamente, hoy en día recomienda la visión de películas que en su día condenaba con la excomunión a quienes las vieran, como La dolce vita de Federico Fellini. En su momento sólo vieron arranques de mal gusto de su director, cuando en realidad era una crítica a la hipócrita sociedad de su tiempo.

Podríamos recordar, ya contado en este diario, lo del cómico alemán atacado por el Presidente turco por parodiarle, con sal gruesa, eso sí, pero mostrando su verdadera cara. Pues Angela Merkel ha tenido que disculparse por las histéricas protestas del mandatario, próximo al fundamentalismo. Muchos piensan que el cómico tiene razón. ¿O no?