“Supongamos que usted fuera idiota y supongamos que fuera un miembro del Congreso; no hago más que repetirme” Mark Twain (1835-1919)

Esta frase genial me viene de perlas para arremeter de nuevo contra la política en nuestro desafortunado país. ¿O debería decir en nuestro desafortunado mundo? ¿O quizás debería cerrar la boca? Sería más fácil, claro. Sería más fácil dejar que todo siguiera igual. Pero considero conveniente dejar claros unos cuantos puntos para quedarme más tranquila por las inminentes Elecciones del 26J.

Prosigamos con citas a Twain: “Es más fácil engañar a la gente que convencerles de que han sido engañados”.

Si yo dijera que “Todos los políticos mienten” estaría aseverando una premisa que generaliza. “El hombre es un animal político, luego el hombre miente”. Esta premisa no resulta verdadera basándonos en la Lógica aristotélica. O lo que buenamente recuerdo de aquellas maravillosas clases de filosofía. “Todos los políticos mienten” es una generalización. Y como tal, resulta falsa. Sin embargo, pese a que quiero creer que existe una minoría que tiene buenas intenciones y son gente honesta y recta, o sea, con principios, lo cierto es que cada cual aprovecha sus apariciones en público para hacer propaganda electoral. Ese es su cometido, ¿no? ¡Ah, no! Se me olvidaba que la mayoría se dedica a desprestigiar a su adversario por su ideología e incluso por su persona. Viene a colación otra frase de Twain.

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“Los políticos y los pañales deben cambiarse a menudo y por la misma razón”.

¿No nos mereceríamos políticos que viesen en sus oponentes la oportunidad de crecer como personas y como políticos observando las virtudes que tienen? Esto resulta harto complicado porque lo que solemos ver en los demás es lo que no vemos de nosotros mismos. Ahora mismo, me gustaría que existiese en política lo que Aristóteles llamaba "el justo medio". Ahora mismo, lo que solemos ver en los demás aprovecha su término medio. Lo que Aristóteles llamaba "el justo medio", es donde residía la virtud.

Pero el panorama actual nos deja con el culo al aire, bien porque nos vemos abocados a la vorágine del jodido neoliberalismo radical, bien porque los nuevos comunistas trasnochados intentan rescatar la puñetera igualdad de la cuneta. Quien diga que todos somos iguales o quien pretenda hacer creer esta falacia está mintiendo. Porque –los que saben- saben que no nacemos en igualdad de condiciones. Me explico para que no haya malos entendidos: nadie nace con la misma carga evolutiva.

Cada cual nace con su propia historia, aunque no la recuerde. Y es esta historia, la que Unamuno denominaba “intrahistoria” la que realmente importa. Pregúntense ustedes ¿le importa de verdad a fulano o a mengano mi intrahistoria? Yo –antes- ilusa de mi, creía en la política. Pero – a pesar de que creo que el hombre es político en el sentido social del término- también creo (o creía) en poder contribuir a crear un mundo mejor, más justo, más amable. Ahora ya no creo en política. Creo en la Música y en quienes la componen, la interpretan y la difunden. Por favor, que el Gran Arquitecto haga algo con esta miserable partitura.

He dejado de ver virtudes en los políticos hace mucho tiempo. ¿Será que he perdido las mías?