Desmotivación, apatía, desgana, aburrimiento, desánimo. Estos son algunos de los síntomas que gran parte del estudiantado padece durante las horas lectivas de lunes a viernes. Basta con preguntar a unos pocos estudiantes qué supone para ellos ir a clase. Es harto probable que la mayoría de respuestas nos dejen bien clara su postura, es decir, muchos de ellos responderán sin duda alguna que detestan pasar horas y horas impartiendo materias que no les interesan en absoluto.

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¿Por qué ocurre? Porque, en mi opinión, dejando de lado muchas otras causas, el ejercicio de motivación del profesorado hacia los alumnos escasea e incluso alcanza la inexistencia en demasiados casos.

Es totalmente cierto que no debe recaer toda la culpa en ellos, puesto que, evidentemente, también podría ser perfectamente atribuible el problema a, por ejemplo, un siempre cuestionado sistema educativo. Así como también a la dejadez de algunos estudiantes. Pero creo que es conveniente abordar en concreto la cuestión dicha anteriormente y encontrar soluciones.

A mi parecer, el papel que desempeña el profesor es muy importante, muchísimo. Un profesor es capaz de convertir una asignatura, a priori algo pesada, en una asignatura interesantísima y francamente curiosa. Del mismo modo, también es capaz de transformar una asignatura, aparentemente atractiva, en lo más soporífero e insoportable que se haya visto jamás, provocando que el colegial no quiera volver a ver algo ni parecido durante el resto de su vida.

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Y esto es algo que todos, o casi todos, hemos experimentado a lo largo de nuestra etapa escolar. Es por eso que creo que existe una estrecha relación entre la calidad del docente y el grado de motivación del alumno.

Actualmente, es fácil encontrar a algún profesor de instituto quejándose de la cantidad de años que falta hasta su feliz jubilación, o a otro universitario comentando que lo verdaderamente fundamental para él son sus estudios de investigación y no el impartir clase. Afirmaciones como éstas son, bajo mi punto de vista, una muestra de que a cierto sector del profesorado le importa bien poco si sus alumnos aprenden o dejan de hacerlo, si se encuentran cómodos en clase o, en cambio, desean con todas sus fuerzas salir de ese pequeño infierno que supone para ellos.

Para mí, el objetivo número uno de la enseñanza es que el estudiante aprenda, y que lo haga en un ambiente agradable, que no le suponga un horrible sacrificio. Por ello, siento rabia al ver a maestros que no hacen ni el mínimo esfuerzo por, aunque sea, disimular su desinterés. Además, todo esto hace que la figura del profesor no se considere nada valorada, que su profesión no esté debidamente dignificada.

Así pues, espero que, más pronto que tarde, se revierta la situación y podamos ver un mayor porcentaje de estudiantes entusiasmados o, siendo menos optimista, satisfechos yendo a clase. Yo creo que es posible.