El asunto del mal es una de las cuestiones teológicas fundamentales. El mal solo puede juzgarse bajo las coordenadas del libre albedrío, la voluntad y la libertad humana. En un principio Dios crea y da vida a una criatura a la que faculta para que desde el sagrario de su conciencia, decida en cada acto concreto de su existencia bien inclinarse a hacer el bien, cumplir la voluntad de Dios y ayudar a la implementación del Reino de Dios en la Tierra, o bien a instalarse en la antítesis de estos principios y hacer el mal, negar a Dios y hacer que el reino de las tinieblas domine la Tierra.

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Hay varios aspectos de la cuestión. Podemos hablar de un mal absoluto, radical y total cuando la voluntad y la astucia del hombre piensa y ejecuta acciones en las que intenta causar el máximo de daño posible a seres humanos y a la especie en general tendentes a su total aniquilación tanto moral, espiritual como física a través de actos que son pensados, organizados y ejecutados a través de todos sus medios y fuerzas, ya sean éstas intelectuales, económicas, logísticas, propagandísticas y que dañan o destruyen conceptos, ideas o cosmovisiones fundamentales para la sociedad y la especie humana.

En este capítulo podemos incluir la violencia física y sexual contra niños o personas desvalidas, el terrorismo indiscriminado, el daño permanente al ecosistema, el exterminio de los indefensos en el aborto y la eutanasia, el suicidio a nivel individual, la banalización de los actos destinados a la procreación, la violencia contra las mujeres y el desprecio de la maternidad.

Hay un segundo aspecto de este mal radical hecho a conciencia, y es un mal sobrevenido, que proviene de la ignorancia, la debilidad física, mental o espiritual, que surge en seres humanos que pierden su dignidad, corrompen su voluntad y destruyen su alma y su conciencia impelidos por la necesidad, el miedo o la falta de perspectivas. Es esta segunda categoría de mal la que aprovechan los auténticos demonios encarnados, responsables del mal radical para conseguir sus execrables objetivos, normalmente gracias a sus posiciones de poder político, militar, económico o intelectual, que son: la destrucción de la vida, del ser humano, y la negación de Dios y su maravillosa obra.

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