Hay una batalla entre dos concepciones del mundo y de la sociedad que informan la contienda cruenta que está teniendo lugar entre el universalismo y la fragmentación autista de la sociedad y sus individuos.

Por una parte existe la fuerza universal de colaboración, unión y acuerdo con uno mismo que posibilita una extensión amorosa y englobadora de los bienes de la Humanidad y el Universo a todos los hombres, articulados estos bienes y su difusión mediante el amor de Dios a las criaturas humanas (al Hombre) a través de toda la filosofía y teología que encuentran como fundamento el amor, la unidad y la pertenencia al Centro Absoluto que es Dios, el cual se relaciona con el hombre a través de lo maravilloso y el misterio.

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Por el otro existe la fragmentación, la destrucción de los referentes del Humanismo cristiano y clásico y su sustitución por estructuras impersonales que actúan de modo mecánico-instrumental, donde el individuo es considerado una anomalía del entorno natural y concebido como el producto de relaciones de producción, y relaciones sociales deshumanizadas, donde incluso la reproducción biológica, ( que en el hombre es expresión del amor de Dios y la libertad) remiten a procesos casi de industrialización del cuerpo y el psiquismo que conducen a ver al hombre como un conjunto de células, genes u órganos puesto a disposición de las fuerzas del poder mundial estatal-social, para la reproducción del modelo económico actualmente hegemónico, orientado a una maximización diabólica del beneficio pecuniario a toda costa, y utilizando todos los medios y estrategias a su alcance sean cuales sean las consecuencias para los seres humanos o el medio ambiente ( la Tierra).

Esta primera fuerza unificadora lucha denodadamente para impedir la destrucción de la esencia del hombre y evitar la cancelación de su libertad y, al mismo tiempo, regenerar la sociedad de la maldad implícita en el proyecto totalitario de la segunda fuerza. En este sentido podemos interpretar el terrorismo global-internacional que arrasa el mundo como expresión de la rebeldía y negación de estos sujetos, pertenecientes a la segunda fuerza, a someterse al proyecto de Dios para la Humanidad y su intento por destruir la paz y la concordia entre las naciones y en el interior de los mismos estados.