El Real Madrid obtuvo ayer el mejor premio, el que todos deseaban. Los de Zidane pudieron llevarse a Madrid la undécima Champions League después de derrotar al Atlético en San Siro. Sin embargo, esa no fue su mayor recompensa.

Un equipo derrotado durante gran parte del año. Un grupo roto después de la marcha de Benítez que dejaba al club en muy malas condiciones. Una mala temporada en Liga que lograron arreglar en el tramo final de la competición. El paso desastroso, esta campaña, por la Copa del Rey. Y, por supuesto, la fortuna de los enfrentamientos en la fase final de la Champions League. Ese es el resumen de la temporada del Real Madrid pero, a todo esto, hay que añadirle esa suerte que los blancos siempre tienen.

Sinceramente, pienso que el Madrid ha conseguido arreglar su temporada particular gracias a la conquista de la undécima. Sin embargo, no podemos olvidarnos de sus contrincantes durante todo el torneo.  Roma, Wolfsburgo y Manchester City fueron las piedras en el camino del Real Madrid. Por todos es conocido que no son los equipos más competitivos y es que la Roma ha terminado en tercera posición en el Calcio, el Wolfsburgo ha finalizado el año en octava posición en la Bundesliga y el City se ha posicionado como el cuarto mejor conjunto de la Premier League. 

Si analizamos la final, poco cambian las cosas. El Real Madrid fue un equipo “ramplón” que no juega a nada y que hace un fútbol que, en mi opinión, es muy poco vistoso. Por otro lado, el gol de Ramos en fuera de juego y el penalti fallado por Griezmann, al principio de la segunda parte, son cosas contra las que no se puede competir.

Vídeos destacados del día

Es esa suerte que siempre han tenido, que les caracteriza, la que ayer luchaba contra la fama de “pupas” del equipo rival. La final se termina para el Real desde el momento en el que Sergio Ramos anota el gol porque, desde ese instante, es el Atlético el que se hace con el ritmo del partido, el que llega a acorralar a los blancos en su propio campo con Benzema y Cristiano de defensores. Los de Simeone pudieron matar el encuentro y no supieron hacerlo.

El momento en el que el árbitro señaló el final de la prórroga, Cristiano y compañía respiraron tranquilos, sabían que lo tenían hecho. Ese fue, realmente, el mejor premio que pudo conquistar el Real Madrid ayer, poder llegar a la tanda de penaltis después de haber sufrido encerrados en su propio campo durante gran parte del partido, excepto los primeros minutos. Y por supuesto, Cristiano ya se frotaba las manos y esperaba su momento de gloria para compensar su desastroso partido, el mismo de todas las finales que juega el portugués. 

Otro año más que triunfa la suerte frente al juego, pero ésta no estará siempre de lado de los blancos porque el Fútbol es mucho más que ganar y no siempre lo hace el mejor.