El nacionalismo catalán ha construido su mito de pueblo oprimido mediante una versión de la política entendida como un juego identitario que se estructura alrededor de una realidad considerada por ellos sagrada, incuestionable, de carácter absoluto y casi de carácter místico como es la lengua catalana y la cultura por ella emanada.

Hasta tal punto esto es así, que el Estado y la comunidad que ellos reclaman, se fundamenta no ya en un marco jurídico y unas leyes que ordenan la convivencia en un Estado de derecho, que en este caso, comprende la Nación española, sino en el hecho de reconocer, expresarse y vivir dentro de una determinada lengua.

Luego, aquello que regula la existencia de una comunidad política, ya no es el ordenamiento jurídico que emana de los órganos representativo-legisladores que articulan la existencia de un sujeto político que informa la Nación española, que se encuentra formada, a su vez, por regiones, algunas de las cuales además de la lengua común a la Nación española poseen otra lengua propia (como son el catalán, vascuence o gallego) o un dialecto del español,  sino la pertencia a una comunidad considerada prepolítica y basada en el uso y asunción excluyente de la lengua y cultura regional, como verdadera entidad sustancial, fundamental y decisiva a partir de la cual formar el estado propio negando de plano legitimidad, validez y efecto al ordenamiento jurídico estatal que da forma a la Nación española y negando y combatiendo a su vez dicha Nación española.

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Esto en el mundo globalizado, moderno y cosmopolita que representan actualmente España y los países de la Unión Europea es intolerable, carpetovetónico y oscurantista.

No es aceptable que se busque en la lengua y en determinadas concepciones filosóficas, básicamente de carácter fichteano-herderiano fundamentadas en el Romanticismo del siglo XIX y nacidas en el contexto germano de las guerras napoleónicas, (en el área geográfica y cultural alemana, que no se unifica políticamente hasta mediados del siglo XIX, por lo tanto muy alejadas del contexto español, cuyo estado se unifica en el siglo XV con los Reyes católicos) el fundamento para mostrarse rebelde ante el Tribunal Constitucional y sus sentencias y disposiciones, y negar el ordenamiento jurídico español, nacido de unas Cortes libres y absolutamente soberanas y democráticas además de negar la pertenencia a la Nación española y buscar su destrucción poniendo en peligro la convivencia entre españoles.