El problema de ser un genio es que muchas veces tienen que pasar siglos hasta que alguien lo reconozca. En algunas ocasiones ni siquiera los genios son conscientes de que lo son. Demasiado a menudo nos encontramos con que un autor de una obra que ha revolucionado el mundo de las ciencias, la música o las letras murió en el más absoluto abandono y miseria, sin haber recibido la justa recompensa por su legado a la Humanidad. El caso de Miguel de Cervantes Saavedra, cuyo cuarto centenario de su muerte conmemoramos hoy, es por desgracia uno de esos casos.

También encontramos en Cervantes y “Don Quijote de la Mancha” el típico caso en el que la obra llega a ser mucho más conocida y popular que su autor.

De hecho, entre grandes sectores de la población, se desconoce el resto de las novelas y obras que el alcalaino escribió, y es de justicia recordar aquí que partes del “Quijote” venían ya perfiladas en algunas de las “Novelas ejemplares” o recordar el hecho de que lo que realmente el bueno de Don Miguel deseaba era ganarse la vida escribiendo teatro.

Lope de Vega, un enemigo demasiado poderoso

 Fue quizás su obsesión por triunfar en el teatro lo que causó un perjuicio terrible para su fama contemporánea. En aquella época un tal Félix Lope de Vega Carpio reventaba teatros, patios y corralas y no gustaba de tener una competencia que pusiera en duda su primacía en los escenarios. Por ello Lope de Vega fue uno de los peores enemigos que Cervantes pudo ganarse y uno de los que más hizo por apagar su estrella, tanto en público (llegó a escribir en 1605: “De todas las obras de este año, ninguna tan mala y digna de olvido como El Quijote”) como en privado, moviendo su poderosa influencia para que ningún mecenas o editor relevante sufragara sus obras.

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La disputa llegó a tal punto que, en 1615, en uno de los prólogos de la segunda parte del “Quijote” el autor alcalaino llegó a solicitar a Lope de Vega “civilidad”, lo cual nos da una pista sobre cuáles eran los perjuicios que su enemistad le estaba ocasionando.

En el más absoluto y triste olvido

 De nada valió, en cualquier caso. Centrado en su reforma del teatro barroco y sus obras que rara vez se estrenaban, Cervantes nunca fue consciente de que había escrito una obra cumbre de la literatura universal. Nadie le dijo que pocos años antes de morir ya se estaba publicando con éxito en varias lenguas fuera de España. Sus últimos tiempos pasaron entre enfermedades, miserias y súplicas de ayuda a los poderosos, que casi siempre obviaron sus peticiones desesperadas. Todo concluyó un 22 de abril de 1616, en la cama donde había crecido, en el domicilio familiar de Alcalá de Henares.

Se ha escrito mucho acerca de que Cervantes representó en el hidalgo Alonso Quijada (O Quesada, que sobre esto difieren las fuentes) un trasunto de su propia vida. El luchador idealista que pasó su vida buscando utopías y sueños en un mundo descreído, interesado y oscuro como era la España del siglo XVI.

 

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