Recuerdo, no con poca nostalgia, la primera vez que me encomendaron realizar un trabajo. Era sobre la vaca. En aquellos tiempos, en mi casa no había ninguna enciclopedia (el dinero que entraba se destinaba a pagar la hipoteca y a comer, casi a diario, hígado con cebolla). Recuerdo también que mi padre me acompañó a la biblioteca del barrio para encontrar información sobre la vaca. Tampoco hubo suerte.

Con el tiempo, las cosas han cambiado. Ahora cualquiera puede disponer de información instantánea a un golpe de click. El mundo de las telecomunicaciones ha sufrido unos cambios tan apabullantes en los últimos veinte años que casi, casi da miedo.

Primero fueron los ordenadores de disquetera, con pantallón en verde. Reliquias de las que todavía quedan algunas en el inexpugnable mundo del A:> C:>. Luego vinieron los 486, los primeros teléfonos móviles  los ordenadores portátiles y el maravilloso mundo de Internet.

No voy a ser yo quien diga que internet es una falacia. Nadie duda de que la disponibilidad que ofrece al usuario –digamos, medio- es realmente útil y francamente eficaz. Permite establecer contactos entre Universidades entre ciudadanos y la Administración, entre amigos y entre gente que no se conoce de nada.

A esto último voy a referirme en particular.

En el mundo existe mucha, pero que mucha soledad. Harían falta demasiados Buendía para cubrir las necesidades de tantos cientos de años. Y es por esta razón por la que proliferan webs de contactos; páginas en las que uno puede quitarse unos kilos, unos años, unas cargas más grandes que otras o mentir descaradamente para soñar que no está tan solo.

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En la era de la tecnología y de la información, me pregunto cuánta gente se sentirá sola. La soledad elegida es diferente. Es una opción de vida. Sin embargo, la soledad impuesta es una lacra. Que alguien te diga: “háblame” es lo más humano que le he escuchado decir a un hombre. Y de tanta soledad, no poder responder.

En la era de la información, ésta es la que prima, claro. La actualidad, la “agenda setting”, los hechos. Pero…¿y la reflexión? ¿Hay cabida para detenerse y pensar un poco ante tan ingente volumen de información? Porque internet lo vomita todo. Lo bueno y lo no tan bueno. ¿Los ciudadanos de a pie estamos preparados para discernir la información veraz, contrastada y honesta de periodistas sin ideología o nos conformamos con las noticias que nos ofrecen y que responden a meros intereses económicos?

Sinceramente, mejor me callo. Porque la mayoría de los ciudadanos prefieren ver la tele a leer un poema. Porque prefieren pensar que ellos no tienen nada que ver con lo que realmente está sucediendo en este puñetero país.

Porque sus obligaciones y sus compromisos no les dejan tiempo para leerles un cuento a sus niños por la noche. Y porque el esperpento de Valle-Inclán es mucho más simple de lo que piensan: esperpento es nuestro país, nuestros políticos, nuestro sentido de la Justicia. Y tan sólo es un reflejo de la sociedad.

Sí. Internet es ahora patrimonio de todos, accesible a los mocosos, a los viejos. Podría decir “ancianos” pero me toca las narices que seamos tan políticamente correctos cuando somos tan cívicamente inmorales. Y es en esos momentos cuando echo de menos el trabajo de la vaca. Porque internet lo llena todo. Menos los corazones rotos. Menos las soledades olvidadas. Menos los que ya no están. Aquel jodido trabajo de la vaca me recuerda, cada día más, que apelar a la memoria es lo único que nos queda. Que no se me olvide nunca.