Desde que se firmó el Protocolo de Tokio en 1997 hasta que se pudo poner en marcha toda la “maquinaria” burocrática para permitir la reducción de emisiones de gases con efecto invernadero pasaron 8 largos años. Fue en el 2005 cuando, por fin, se pudo adoptar un acuerdo que no todos los países miembros de la ONU ratificaron.

En principio, el protocolo de Tokio seguirá vigente hasta 2020, fecha que ya ha sido más que superada por países que han fijado sus reducciones en un 30% para 2030 y hasta en un 40% para 2040.

Todo esto está muy bien. Es prevención, al fin y al cabo. Pero…¿y si fuera demasiado tarde? No lo digo por decir, ni para asustar, ni para resultar una ecologista radical, que no lo soy.

Lo digo porque, para determinados países como China o EEUU, estas pautas a cumplir implican sanciones, importantes pérdidas económicas y dificultades que no son fácilmente subsanables.

Dicen que en la vida hay que hacer tres cosas que ustedes ya conocerán: escribir un libro, tener un hijo y plantar un árbol. De entre estas tres, yo abogo por plantar un árbol. No lo he hecho todavía pero lo propongo como reto para todos aquellos que valoren el simple hecho de respirar. Respirar es gratis, como las cosas más bellas de la vida. Sin embargo, somos poco conscientes del valor de un aire puro y limpio.

Las emisiones de gases de efecto invernadero se están cargando nuestro patrimonio más elemental: ¿quién no se ha estremecido con un viento suave y ligero en un bosque?¿quién no ha sentido una brisa cálida en la playa? Pero el CO2 no es el único problema.

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Hay unos seis gases tremendamente tóxicos para el planeta Tierra, tres de ellos industriales, cuya desaparición está en la mente de todos y en el bolsillo de unos cuantos.

Tal día como hoy se proclamó el “Día de la Tierra” para concienciar a los estudiantes de la importancia del Cambio Climático.

No sé si ustedes lo habrán percibido pero cada verano es más caluroso que el anterior, cada estación es más rara. Llueve de vez en cuando y ya nada es como antes. La Tierra nos envía avisos pero parecemos medio lelos.

Vivo es un lugar donde la lluvia no se aprecia. Yo, que disfruto como una chiquilla, empapada en lluvia un día de tormenta, aborrezco a todos los que se quejan porque chispea un poco o está nublado. Esto será un auténtico desierto en 20 años –pienso para mí- pero espero no estar para verlo. Porque amo la naturaleza, porque los Polos se derriten a una velocidad pasmosa y el calentamiento global acabará por diluirlos, porque -cuando nadie me ve- abrazo un árbol. Ése que tengo la determinación de plantar. Esos que todos deberíamos cuidar como cuidamos a los seres amados. Esos en los que se convierten los gnomos, cuando se marchan.

Porque David el Gnomo no murió. Es un árbol que está escondido en algún remoto lugar de este mundo o -quizás- de otro mucho mejor.