7:30 de la mañana. Hora punta en el metro, está abarrotado.La jornada laboral está a punto de empezar para unos, laescolarpara otros, mientras quepara algunas personas simplementeempieza la jornada, sin apellido.

Entre la multitud apenas destaca un reducido grupo de jóvenes, ysorprendedadoel empeño y el esfuerzo que dedicanparapasar totalmente inadvertidosy no hacerse notar. Este grupo, en su afán por no llamar la atención de ningún usuario del transporte subterráneo, lleva consigo una relajantemúsica a un volumen nada elevado y poco dañino para los oídos.

Además, para tratar de ser invisibles al resto de pasajeros, lanzan discretos e ingeniosos comentarios a diestro y siniestro. “La música no la bajo, cámbiate de vagón si no te gusta”. Dijo él amablemente. “Yeeeeee tú, ¿qué pasa?” Manifestó su amigo. Eranotorio que la cuadrilla disfrutaba durante el trayecto hasta su destino. Entre risas y cantos del último éxito del artista de moda pasaban el rato.

Obviamente, el gentío estaba totalmente agradecido por poder contar con tan magnífica compañía en las primeras horas del día.

Si analizamos los hechos, cabría la posibilidad de pensar que, quizás, nos encontramos ante un caso aislado, un caso remoto. Pero nada más lejos de la realidad. Casos como éstos, sin necesidad de llegar a tal lamentable extremo, los heencontradosemana tras semana. En el metro o en el autobús, en el médico o en la escuela, en el parque o en el patio de casa.

Seguro que más de uno ha tenido que lidiar con una pandilla de semejante índole en alguna ocasión.

Por mi experiencia, he podido percibir, y como último objetivo queriendo generalizar, que estas malas prácticas se dan en el sector joven de la población.He tenido la ocasión de observar cómo algunos jóvenes de hoy son incapaces de mostrar una pizca de cortesía ante la gente que tienen a su alrededor.

Si, además, a uno de estos groseros imberbes, le sumamos un séquito de secuaces, el ansia de quedar como el rey del mambo ante sus cómplices provoca una enorme caída en las posibilidades de ver un comportamiento ejemplar en él.

Llegado este punto, tal vez deberíamos preguntarnos si esto ha ocurrido siempre, si determinada parte de la juventud ha sido en el pasado tan descortés con las personas que la rodean como lo es ahora.

Dicho lo cual, ¿En qué momento pasó a ser gratuito el menosprecio? Desde mi punto de vista, se estáinfravalorando la importancia de asuntos capitalesque ayudarían a conseguir una mejoría en la calidad de vida denuestro día a día. ¿Y durante cuánto tiempo más lo seguiremos consintiendo?

En mi opinión, estamos asistiendo a una paulatina pérdida de algunos de los valores que deben reinar en toda sociedad civilizada: el respeto y la educación.

Respeto al prójimo. Educación ante todo y ante todos.

¡No te pierdas nuestra pagina de Facebook!!
Haz clic para leer más