La formación política liderada por Pablo Iglesias ya no menciona la casta, su discurso ha ido de alguna forma moderándose, o podríamos decir almoldándose a los de los partidos tradicionales.   Poco se habla de deshaucios, de casta ni se menciona, aquel movimiento nacido el 15M y que tuvo su espectacular crecimiento en las elecciones europeas ya no es ni sombra de lo que fue, todo en cuestión de meses. 

Pablo Iglesias ahora saluda al su majestad Felipe VI y su formación ya no es ni por asomo tan activa en las redes sociales, las decisiones no son por asamblea en muchos casos, sino a plumazo o destitución fulminante, al igual que se acumulan los abandonos o renuncias, Podemos sufre de olvidos dentro de la lucha que según ellos los llevó a formar partido. 

Si bien la escencia se mantiene, la personalidad combativa que los impulsó a crecer como la espuma se ha ido diluyendo a lo largo de los meses, claro que hay que reconocer la sinceridad y valentía que ha demostrado Pablo Iglesias al hacer públicas sus intenciones de ser vicepresidente, entre otras cosas, al menos ha jugado con las cartas a la vista, no como otras formaciones, que negocian sus condiciones entre 4 paredes y de las cuales pocas veces se llega a conocer su contenido. 

Podemos habla del cambio, pero Iglesias no pone como condición por ejemplo, desarticular la cámara del senado, que es totalmente inoperante pero que nos cuesta 54 millones de euros al año y que sirve sobre todo para que los que fracasan políticamente o ya no suman votos acaben sus carreras allí, no sin antes generar una generosa jubilación, sin olvidarnos que mantienen su blinfaje al estar aforados. 

Pablo Iglesias habla de cambios pero no propone que seamos de verdad, tanto en el papel como en la práctica, no habla ni por asomo de proponer en la cámara un cambio radical, un cambio que les quite el aforo a los diputados para que, si son investigados lo sean como cualquier ciudadano de a pie, como debería ser, pero eso no forma parte del cambio, no señor.

Su formación ya no es la misma que comenzó en el Parlamento Europeo, donde sus diputados renunciaban a parte de su salario, a viajar en primera o a ciertos privilegios o dietas, de hecho llevan meses en el Parlamente Español y ni uno solo de ellos ha renunciado a cobrar su salario o parte de él, al menos en meses en los que no trabajan, esas cosas han pasado a ser normales para Pablo Iglesias y compañía, ya nadie de Podemos regala parte de su salario, ni habla ni condena ni cuestiona el despilfarro de las cámaras, ni en lo referente a las designaciones a dedo. 

Podemos ya se asemeja mucho a los partidos tradicionales.