Cuando uno empieza un nuevo trabajo lo hace desde la ilusión. Ha costado mucho llegar hasta aquí: te has gastado la paga de tus padres para imprimir miles de curiculums a color, por supuesto, en blanco y negro queda mal. Sale humo de tu móvil de todas las aplicaciones de búsqueda de trabajo en las que te has apuntado a todas las ofertas habidas y por haber y, por si fuera poco, te has pateado toda la ciudad intentando entregar los CV en mano temiendo por tu nariz. ¿Que por qué? porque lo máximo que has conseguido es que el de seguridad o la recepcionista te estampe la puerta en la cara.

Qué duro es ser joven y buscar tu primer trabajo...

Hasta que un día... suena el teléfono y ¡sí! te llaman para una entrevista. Esto significa no solamente que sigues en el proceso sino que alguien ha visto tu perfil y ha pensado en ti, ha dicho "mmmh... fíjate en este aspirante, qué formación, qué experiencia, ¡cómo se ha esforzado! voy a darle un voto de confianza y lo citaré para conocerle". Al menos, así es como te gustaría que fuera.

Te preparas la entrevista a conciencia, las páginas de Internet de la empresa están que arden de las veces que has entrado para estudiarte hasta la fecha en que cambiaron de oficina. Seguro que sabes más tu de la empresa que la persona que te va a entrevistar. Y llega el día, te peinas como a tu abuela le gusta que te aplastes el pelo, te pones esta americana que te ha costado un ojo de la cara que sólo usas para las entrevistas, camisa y pantalones que parezcan de arreglar y unos zapatos que has lustrado tanto que te sirven de espejo.

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Vas tan preparado que pareces tú el ejecutivo y no el que lleva más de 20 años en la empresa.

Llegas al lugar donde te han citado 10 minutos antes, por favor, este truco lo sabe todo el mundo. Claro, todo el mundo porque por esto mismo te encuentras a diez pringaos como tú allí esperando con cara de "¡Dios! me siento disfrazado, ¡qué no me mire nadie!". Por fin entras, te sientas con las postura que has memorizado y te dispones a contestar lo que los de Recursos Humanos te plantean: "¿Si estuvieras en barco a punto de naufragar a quién lanzarías antes al agua, a la monja, al cazador o al botánico?". ¿Para esto 4 años de carrera y un máster? En fin, según St. Google si la respuesta está bien argumentada servirá, "¡Al botánico!, ¿quién necesita plantas en una empresa?"   

"Ya te llamaremos". Vaya... otra vez será. ¡No lo puedes creer! ¡te han llamado!, se trata de un contrato de prácticas pero vas a cobrar y te han prometido que tu tutor va a empeñarse en que aprendas mucho. Das saltos de alegría, todo el esfuerzo ha valido la pena: la carrera, el máster, las clases de inglés y todo el dinero invertido.

Todo, por fin, ha dado sus frutos.  

Primer día, leer el manual. "Bueno, acabo de llegar y es normal que no me lo den todo al principio", sí amigo, esto es lo que tú te crees. Segundo día, hay una estantería que cría polvo desde el año 1998, adivina a quién le toca ordenarla. Tercer día, actualiza la base de datos. A la quinta semana sigues clasificando carpetas y a los dos meses a mucho estirar, ya se te han hinchado las narices. Tu ilusión está hecha pedazos.

Lo único que has aprendido en el puesto en el que estás es a aguantarte los machos. Te sientes infravalorado y, por si fuera poco, engañado. En la entrevista te vendieron humo. Cada mañana cuando llegas al trabajo te planteas el por qué de tanto esfuerzo si sabes que te tienen ahí para el trabajo sucio, para que seas el mindungui que haga lo que los demás no quieren hacer, ¿para esto he estudiado tanto?. ¡No! Un día te pilla de malas y ante la mala leche con la que han actuado te plantas en Recursos Humanos y anuncias que quieres marcharte. La respuesta es "vale, firma aquí".