El problema que tiene un film al estrenarse después de sentir el paso en taquilla de un peso pesado (Deadpool) y previo a la llegada de otro (Batman vs. Superman) es que tiene que tener el atractivo necesario para cautivar el interés de la gente por comprar entradas. Dioses de Egipto creía tener eso, pero el éxito requieren de algo más allá de ambiciones propuestas, la productora Lionsgate aprenderá con este film una dura lección.

Más allá de cierta polémica sobre la blancura del reparto en la que no voy a ahondar (no es un asunto exclusivo de los óscars después de todo) Dioses de Egipto es exagerada y torpe, un intento de blockbuster que se acerca a las dos horas tratando de recrear la mitología egipcia en un ejercicio de falta de coordinación y lógica, tomando como base un guión terriblemente malo.

La película pone en escena un Egipto fantástico donde los humanos conviven con los dioses correspondientes a su era mitológica. Uno de ellos, Seth, al más puro estilo del Loki de Thor, toma cartas en el asunto para arruinar la fiesta y usurpa el trono, mutilando y desterrando al verdadero heredero, el Dios del Cielo Horus, y esclavizando a divinidades y ciudadanos egipcios. El deber de enmendar las cosas corresponde a un joven ladrón y su chica para regresar a Horus al poder y derrotar al malvado tirano.

Dioses de Egipto tenía todo para resultar un film atractivo, como un escenario con mucho potencial como el antiguo Egipto, un reparto con estrellas que caen bien al público como el otrora “Rey Leónidas de Esparta” Gerard Butler, y Nicolaj Coster-Waldau, quien en esta ocasión cambia el estandarte del león por unas alas de halcón; y también unas ideas interesantes como los dioses cambiando a bestias (me satisfizo por el deseo de ver algún día una adaptación fílmica del videojuego Bloody Roar).

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Y aún así todo esto fue un desastre. Los efectos especiales son terribles, los personajes son estereotipos vivientes, y la terrible necesidad de darle protagonismo al insufrible Bek. No sé si la gente de Lionsgate le vio potencial a este muchacho y su tedioso ángulo romántico, pero no se justifica que su presencia sea tan sobreexpuesta cuando aquel que se atreve a comprar la entrada, o muestre interés alguno por este filme lo hace por ver a Coster-Waldau y Butler, a quienes se les desaprovecha demasiado.

 ¿Y la temática?. Ni hablar, se encuentra más fidelidad en el contexto mitológico del Antiguo Egipto viendo un documental o, en su defecto, escuchando un disco de Nile.

Quizás la mayor decepción sea saber quién está detrás de cámaras. Alex Proyas ganó mucho respeto en los 90s con filmes oscuros como El Cuervo y Dark City, y haber demostrado que puede desenvolverse demasiado bien con blockbusters, aún tan irregulares como lo fue Yo, Robot. Esta película no le hace justicia a su talento y status de director de culto, tendrá que dejar de tomar con enfado las críticas y reflexionar sobre cómo llegó a terminar dirigiendo este despropósito.

Trató de emular el éxito de Thor pero no se acerca ni a Furia de Titanes. Con el público dándoles las espaldas y Deadpool asesinándolos en taquilla, los dioses de Egipto tendrán que volver a mantenerse al margen por un tiempo, al menos en Hollywood.