La noche del 19 de septiembre de 1961 tuvo lugar el, para muchos, primer caso de abducción de la era moderna; el caso del matrimonio norteamericano Betty y Barney Hill. Desde aquel entonces, el fenómeno ha experimentado multitud de variantes, pasando, también, a intentar ser explicado este Misterio mediante diversas teorías. Sin embargo, se han producido otros episodios -no Leyendas- interesantísimos, con anterioridad. Sin ir más lejos, el rapto de Antonio Villas Boas, que tuvo lugar en 1957, o el de otro clásico episodio, protagonizado por el transportista argentino Dionisio Llanca.

Desde el folclore, que nos habla de íncubos y súcubos que aparecían en nuestro plano con la intención de copular con las hembras humanas, hasta llegar a una de las últimas y más modernas afecciones, la de los enigmáticos "visitantes de dormitorio"; todas estas explicaciones tratan de dar explicación a un mismo fenómeno. Sólo cambian las formas.

Según uno de los estudios llevados a cabo por el anteriormente citado Bullard, este prestigioso psicólogo llega a la conclusión de que el total de los episodios de abducción considerado como auténtico –de un total de trescientos casos– es sorprendentemente consistente.

De hecho, el psicólogo está convencido de que esta consistencia proporciona el hecho de que todos estos episodios se adaptan, en última instancia, a una sola clase de caso. Es decir, a un patrón ideal. La solidez de los testimonios ofrece, para Bullard, un alto grado de coherencia, presentando siempre la tendencia a mantenerse estables.

El psicólogo se pronuncia en su obra con una rotundidad casi demoledora: “…si la descripción de las criaturas coincide en casos diferentes, si éstas realizan las mismas actividades y aproximadamente en el mismo orden, si distintos testigos muestran en forma constante los mismos síntomas físicos y psicológicos, las abducciones son fenómenos coherentes…”

Pero no piense el lector que los casos de abducción se limitan al testimonio –de incalculable valor– de la persona afectada.

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En muchos de estos casos aparecen secuelas físicas e inexplicables desde cualquier otra óptica o contexto. Además existen otros puntos en común que la gran mayoría de los abducidos relata tras su experiencia, como la adquisición de fobias repentinas, pesadillas con carácter reiterativo, sinagesia, la repentina aparición de extrañas marcas o cicatrices de origen incierto, la inquietante presencia de pequeños objetos metálicos o de otra naturaleza que parecen haberles sido implantados quirúrgicamente o la sensación de haber perdido un determinado lapso de tiempo. Tiempo del cual no recuerdan nada, o del que apenas tienen vagos y neblinosos “recuerdos”, que no pueden determinar con certeza si pertenecen al mundo de los sueños la realidad.

Antonio Ribera (1920-2001), nuestro ufólogo decano por excelencia, llegó a publicar algunos títulos analizando este complejo mundo. En una de sus últimas obras, “Abducción” (1998) Ribera reunía una serie de características que se desprenden del estudio de otros muchos casos.

El autor también llegó a la conclusión de que todos estos episodios presentan entre sí un parecido asombroso y que vuelve a hacerse patente su enorme grado de coherencia.

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