Hace pocos días leí una noticia de esas que, pese a no lucir un gran titular en los medios internacionales, sí constituye en sí misma un claro indicativo de hasta qué punto los ánimos de la gente de a pie están crispados. Se me coló entre otros muchos titulares, esos que nos despiertan cada día con más incertidumbre ante un futuro nada esperanzador; guerras, amenazas nucleares, amenazas terroristas, yihadismo y las noticias clásicas de los dirigentes políticos españoles sumidos en una lucha a muerte, con uñas y dientes, por hacerse con el –ya flaco– jamón del poder.

No te pierdas las últimas noticias Sigue el canal Historias

Y es que nos ha tocado vivir unos tiempos convulsos que, poco a poco, minan el ánimo. Pero a lo que iba…

Se trata de la aventura de un joven emprendedor; uno de tantos entre la multitud que lucha, día a día, por lograr una mejor calidad de vida y hacerse con un porvenir que, cuando menos, le “garantice” –si es que existe aún tal garantía– una merecida jubilación en tiempos venideros.

Este joven de 30 años, un ciudadano francés llamado Alexandre Callet, es el dueño de un restaurante en el París bullicioso que tan maltratado ha sido últimamente por los “ideales” de quienes sólo ven una salida digna en la utilización de las armas. Como tantos otros, tuvo que emprender una larga y penosa ruta iniciática cuando intentaba montar el citado restaurante. Una desafortunada peregrinación por veinte entidades bancarias que, una tras otra, y con una frialdad matemática, le fueron cerrando las puertas al intentar financiar su proyecto de empresa. Pero al final lo logró; contaba entonces con veintitrés años.

Ahora, a sus treinta, y con un negocio en marcha que genera 300.000 euros anuales –datos del pasado ejercicio 2015– Callet lo ha vuelto a intentar. En esta ocasión solicitaba 70.000 euros para abrir un segundo restaurante, una cantidad que según el joven parisino “no era nada”, dado el volumen de beneficio obtenido.

Vídeos destacados del día

Y las respuestas de las distintas entidades bancarias a las que acudió no variaron un ápice a las de siete años atrás. Callet asimiló el golpe bajo primero con incredulidad, más tarde con impotencia y, finalmente, con irritación, lo que le hizo tomar una medida de protesta un tanto original. Ni corto ni perezoso, tomó la pizarra de su restaurante, en la que suelen estar anunciados los menús y las ofertas culinarias del día, y anunció a bombo y platillo: “Los perros son bienvenidos, los banqueros prohibidos (a menos que paguen una cuota de inscripción de 70.000 euros).

Una medida un tanto drástica, es cierto, pero que pone de manifiesto cómo se ha sentido este joven emprendedor francés ante la calculada indiferencia de las entidades bancarias; las mismas entidades, no lo olvidemos, a las que todos hemos “rescatado” con dinero público en una amplia franja de países. Y es que, después de haber sido “tratado como un perro”, tal como afirmaba Callet, ahora abre las puertas de su negocio a los canes, los mejores amigos del hombre… siempre y cuando no vayan acompañados por algún banquero, pues éstos sí tienen prohibida la entrada a su establecimiento.

¿Es éste realmente el sentimiento popular que se respira actualmente en las calles europeas? A ustedes les toca decidir.