El arranque de El puente de los espías tiene dueño y se llama Mark Rylance, Su Rudolf Abel es de los mejores personajes que dio el Cine el pasado año y Rylance, por interpretarlo con una emotividad que excedía la seriedad atribuida al género, merecía ganar el Oscar al mejor actor secundario para el que parecía predestinado desde que las asociaciones de críticos de Nueva York y Boston lo coronaron como tal en el inicio de la temporada de premios, allá por el mes de diciembre.

La sombra de Sylvester Stallone comenzó entonces a ser muy alargada. El hecho de que Creed. La leyenda de Rocky, cosechara excelentes críticas y una enorme taquilla daba alas a la idea de que el genio que creara el personaje a mediados de los setenta y se quedara a las puertas de las estatuillas al mejor actor y guionista, iba a tener la oportunidad de conseguir lo que entonces se le negó.

Un Oscar otorgado cuarenta años después, con lo que a la Academia le gusta remendar a posteriori los premios que debe, es una de las especialidades de sus votantes.

Pero una vez que no se rindieron a la tentadora foto de Kate Winslet con un Oscar por Steve Jobs junto a Leonardo DiCaprio con su más que probable estatuilla por El Renacido, para componer la pareja que no pudo ser en el año de Titanic, poco sentido tenía rendirse a la nostalgia de que Stallone ganase por una razón parecida.

La nostalgia no se presentó a la gala y el vencedor, para prestigio de los académicos, fue verdaderamente el mejor de los actores secundarios. A falta de su compañero, Tom Hanks, compitiendo en la categoría de mejor actor, que hubiera sido infinitamente más justo que algunos de los que ocuparon su lugar, Mark Rylance alzaba uno de los Oscar más innegables que se hayan entregado en los 88 años que lleva celebrándose la gala.

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Lo que Rylance consigue en El puente de los espías es puro arte. Emociona cada palabra que dice, cada uno de sus razonamientos y, cómo no, la peripecia que atraviesa hasta una secuencia final que descoloca a todo el que piense que el cine clásico no podía volver a la gran pantalla. 

La película, también candidata al Oscar a la mejor, aunque Steven Spielberg no lograra colarse entre los cinco directores finalistas, como en los años en que pareciera que El color púrpura o En busca del Arca perdida no estaban dirigidas por nadie, ha logrado meterse en el palmarés de una edición en la que la gran ganadora, a pesar de no haber recibido ningún premio gordo, ha sido Mad Max: Furia en la carretera, con 6 estatuillas de los apartados técnicos. Tras ella se sitúan las 3 de El Renacido o las 2 de Spotlight, incluyendo la correspondiente a la mejor película del año.