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Con pluma diestra y leguaje claro y directo, Julio Verne fue un pionero a la hora de transmitir y hacer asequibles los conocimientos científicos de su época a lectores de todas las edades y condiciones socioculturales. Fue, como muchos autores lo han catalogado, un auténtico visionario que supo poner al alcance de las masas lo que exponían los Libros de texto de aquel entonces.

Siempre me ha fascinado el personaje. Ayudó no a una, sino a muchas generaciones, a amar los viajes, la aventura, el conocimiento y el porqué de las cosas. Pero, ¿qué habría sucedido si Verne hubiese vivido en la actualidad? Tal idea se me escapa totalmente a la razón.

¿Se imaginan lo revolucionario del planteamiento? Hemos tenido muy buenos autores contemporáneos, sin duda, y muy destacados en el terreno de la Ciencia Ficción. Pero Julio Verne siempre iba unos pasos por delante. Y, además, tuvo el honor de ser uno de los grandes pioneros; de hecho, está considerado como el “padre” la Ciencia Ficción.

Muchos de sus “sueños” se cumplieron, haciéndose parte de nuestra realidad más directa, actual y cotidiana. El submarino –el submarino moderno, pues el Nautilus lo fue– la electricidad, la geología más vanguardista, el sueño de alcanzar y pisar la luna a bordo de un módulo autopropulsado o el hecho, más surrealista si cabe, de imaginar lo que iba a ser el moderno París… ¿qué habría hecho alguien como Verne con las “herramientas” actuales, como la moderna Biología, la Genética, la Robótica, la Física Cuántica o la más vanguardista Informática? ¿Imagina el lector el revuelo que causaría alguien como el autor francés en las redes sociales, o el éxito que alcanzaría un blog con su firma? ¿O quizá sería un incomprendido, un anacoreta que viviría, una vez más, “fuera” de su tiempo?

Releer algunas de sus obras en pleno siglo XXI siempre es un placer que, como antaño, cuando éramos pequeños, nos producía aquella extraña amalgama de sentimientos, de sensaciones en estado puro, que nos invitaban a soltar las amarras de nuestra encorsetada imaginación, anclada hoy en puertos tan perniciosos como lo puedan ser los rumores de guerra, la corrupción política o las siniestras claves que se encierran detrás de la amenaza bacteriológica de turno.

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Actitudes que nos aprisionan, nos hacen más vulnerables y nos condenan a la servidumbre moral –léase borreguismo, ya que está tan de moda– que acarrea el miedo a vivir y nos alienta al más oscuro ostracismo.

Ojalá, cuando se cumple el feliz aniversario del nacimiento de tan amado personaje, nos obsequie la Gran Rueda con muchos más visionarios como él. Es una quimera romántica, lo sé, pero muy necesaria en los tiempos que corren.