Hoy me ha llenado de estupor el comentario de un amigo al revisar mis mensajes en las redes sociales. Un comentario que, aunque sólo sea eso, bien podría ocupar titulares en algún medio. Quién sabe, quizá aún lo veamos.

El post –pues se trataba de uno de esos comentarios que se dejan en las redes– rezaba así: “El (des)Gobierno catalán excluye el español de su web. Sólo está disponible en catalán e inglés. Será que a los ingleses-parlantes no los consideran extranjeros. Cada vez me avergüenzo más de mis paisanos. Asco, mucho asco. Seny català, on ets?

Juan Carlos, pues así se llama, es catalán. Igual que yo. Igual que miles de personas.

Amamos nuestra tierra, como cualquier otro; sentimos ese calor tan especial que te brinda el lugar en el que naciste, en el que vives, trabajas y te desenvuelves. Ese lugar que, del mismo modo, te ha visto crecer y esforzarte por ser, cada día, un poco mejor.

Los comentarios de diversos usuarios, amistades comunes, algunas, y desconocidas para mí, otras, pero algunas de ellas también catalanas, no se han hecho esperar. Extrañeza, indignación, desconsuelo, impotencia contenida, pena… incluso alguna que otra broma, aludiendo, con cierto desconsuelo impregnado por la indignación, a que “siempre nos quedará el traductor de Google”.

Y nos plantamos, de nuevo, en una cuestión política, larga –larguísima– y que continúa perdurando en el tiempo: el tema de la independencia de Catalunya.

No entraré al trapo, en estas líneas, sobre tal cuestión.

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Hace varios años tomé la firme determinación de mantenerme alejado de la política, por cuestiones íntimas y personales. Pero ello no me impide, en absoluto, verter mi opinión en este espacio.

Los independentistas no representan a la mayoría en Catalunya. No a día de hoy. Y no creo que representen, siquiera, el verdadero espíritu catalán. Aquí, precisamente por ser quienes somos y lo que somos, respetamos a los demás. Tenemos presente, también, que muchas de las personas que ayudaron a levantar este país, el país catalán –pues una cosa no quita la otra– provenían de otros lugares de España. Hubo de todo, es cierto, pero muchos de ellos regaron esta tierra con su sudor, con sus lágrimas, e incluso la defendieron con las armas y hasta con su propia sangre… y jamás debemos olvidar eso, ni sacrificarlo por intereses políticos. Muchas, muchísimas de aquellas personas, eran familiares y antepasados nuestros, aunque hayamos nacido en Catalunya, no demasiado lejanos en cuanto a distancias generaciones.

El resto, supongo, debe ser manipulación pura y dura y enfoque interesado al servicio de quien sea; en opinión de muchos, no deja de ser otra manifestación del extremismo, llámese como se llame. La lástima, lo verdaderamente penoso, es que a todos los catalanes se nos medirá por el mismo rasero.