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Qué cultura la que hemos venido formando y trasmitiendo por generaciones, en donde la malinterpretación de los conceptos y la acomodación hipócrita del individualismo es tan descarada, que hasta da cabida para justificar la violencia en nombre del amor, o incluso de una religión.

En días pasados tuve la oportunidad de leer la denuncia pública que hizo una joven mujer en una de sus redes sociales, donde mostraba con fotos acompañadas de un desgarrador testimonio, las consecuencias de una “demostración de amor” de su pareja, quien resolvió a través de los golpes decirle cuanto la amaba. Posiblemente esa no era la primera vez que lo hacía, pero sí la primera que ella decidía dejar el silencio y gritar BASTA.

Hubiera querido creer que ese era un caso aislado y que no hacia parte de una estadística, pero desafortunadamente me queda imposible, pues algo conozco las cifras (por lo menos de mi país, Colombia) y no ignoro que como esta valiente mujer, hay miles y miles de otras que a veces hablan, pero que generalmente viven en silencio un “idílico romance” donde la agresión tanto física, como psicológica, son protagonistas que atrozmente amenazan con su integridad y destrozan la esperanza de una vida digna.

El amor nunca se traducirá en maltrato y eso es algo que debemos entender. El amor es y nos hace libres; el amor construye, alimenta y da vida a los sueños. El amor no puede arrebatarnos el derecho a ser respetados y dueños de nuestros propios cuerpos, de nuestra identidad y nuestros pensamientos, aún cuando no siempre vayan de la mano del ser amado.

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Y sucede también lo mismo con las religiones o cultos, que si existen son para atender al ser y no para atacarlo. Por lo tanto, tampoco en nombre de una religión se puede permitir el maltrato, de ningún tipo ni a ningún ser. Digo esto porque casualmente también tuve la ocasión de leer la semana anterior, las declaraciones de una joven yazidí iraquí, que había sido reclutada como esclava sexual de un grupo Islamista, donde su líder las forzaba, a ella y 5000 mujeres más, a rezar momentos antes de someterlas a violaciones, con el pretexto de que sus cuerpos eran cuerpos del “grupo” que debían satisfacer las necesidades de sus militantes, pues eran ellos quienes las protegían del mal del mundo.

Como estos habrá cientos de millones de casos que se conocen y que no, pero que además tristemente seguirán ocurriendo mientras no haya una revolución cultural que deje de legitimar actos de violencia en nombre del amor o de cualquier otra excusa. La responsabilidad es de todos, y no podemos permitir al silencio como cómplice de la cobardía de quienes esconden sus miedos en la agresión a otros. Es tiempo de hablar, hay que ganarle al miedo y decir NO MAS, CERO TOLERANCIA A LAS VIOLENCIAS QUE HABLAN EN NOMBRE DEL AMOR.